lunes, 9 de marzo de 2015

Sólo los tontos pelean contra mí!


El rey Agripa le dijo a Pablo: Puedes hablar para defenderte. Pabló levantó su mano en alto y dijo: Me alegra poder hablar hoy delante de su Majestad, el rey Agripa. Estoy contento porque podré defenderme de todas las acusaciones que hacen contra mí esos judíos. Yo sé que Su Majestad conoce bien las costumbres judías, y sabe también acerca de las cosas que discutimos. Por eso le pido ahora que me escuche con paciencia.

Todos los judíos me conocen desde que yo era niño. Saben cómo he vivido en mi país y en Jerusalén. Siempre he sido un fariseo. Si ellos quisieran, podrían asegurarlo, pues lo saben. Los fariseos somos el grupo más exigente de nuestra religión. Ahora me están juzgando aquí, sólo porque creo en la promesa que Dios hizo a nuestros antepasados. Nuestras doce tribus de Israel esperan que Dios cumpla esa promesa. Por eso aman y adoran a Dios día y noche. Gran rey Agripa, lo judíos que me acusan no creen  en esa promesa. ¿Por qué ninguno de ustedes cree que Dios puede hacer que los muertos vuelvan a vivir?

Antes, yo pensaba que debía hacer todo lo posible por destruir a los que creían en Jesús de Nazaret. Eso hice en la ciudad de Jerusalén. Con el permiso de los sacerdotes principales, metí en la cárcel a muchos de los que creían en él. Cuando los mataban, yo estaba de acuerdo. Muchas veces los castigué en las sinagogas, para que dejaran de creer en Jesús. Tanto los odiaba que hasta los perseguí en otras ciudades.

Para eso mismo fui a la ciudad de Damasco, con el permiso y la autorización de los sacerdotes principales. Pero en el camino, gran rey Agripa, cuando eran las doce del día, vi una luz muy fuerte, que brilló alrededor de todos los que íbamos. Todos caímos al suelo. Luego oí una voz que venía del cielo, y que me dijo en arameo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? ¡Sólo los tontos pelean contra mí!

Entonces respondí: ¿Quién eres Señor? El me contestó: Yo soy Jesús. Es a mí a quien estás persiguiendo. Levántate, porque me he aparecido ante ti para nombrarte como uno de mis servidores. Quiero que anuncies lo que ahora sabes de mí, y también lo que sabrás después. Te enviaré a hablar con los judíos y con los que no son judíos, y no dejaré que ninguno de ellos te haga daño. Quiero que hables con ellos, para que se den cuenta de todo lo malo que hacen, y para que comiencen a obedecer a Dios. Ellos ahora caminan como si estuvieran ciegos, pero tú les abrirás los ojos. Así dejarán de obedecer a Satanás, y obedecerán a Dios. Podrán creer en mí, y Dios les perdonará sus pecados. Así serán parte del santo pueblo de Dios.

Gran rey Agripa, yo no desobedecí esa visión que Dios puso ante mí. Por eso, primero anuncié el mensaje a la gente de Damasco, y luego a la de Jerusalén, y a la de toda la región de Judea. También hablé con los que no eran judíos, y les dije que debían pedirle perdón a Dios y obedecerlo, y hacer lo bueno para demostrar que en verdad se habían arrepentido.

¡Por eso algunos judíos me tomaron prisionero en el templo, y quisieron matarme! Pero todavía sigo hablando de Jesús a todo el mundo, a ricos y a pobres, pues Dios me ayuda y me da fuerzas para seguir adelante. Siempre les hablo de lo que la Biblia ha dicho de todo esto: que el Mesías tenía que morir, pero que después de tres días resucitaría, y que sería como una luz en la oscuridad, para salvar a los judíos y a los no judíos.

Cuando Pablo terminó de defenderse, Festo le gritó: ¡Pablo, estás loco! De tanto estudiar te has vuelto loco. Pablo contestó: Excelentísimo Festo, yo no estoy loco. Lo que he dicho es la verdad, y no una locura. El rey Agripa sabe mucho acerca de todo esto, y por eso hablo con tanta confianza delante de él. Estoy seguro de que él sabe todo esto, porque no se trata de cosas que hayan pasado en secreto.

Luego, Pablo se dirigió al rey Agripa y le dijo: Majestad, ¿acepta usted lo que dijeron, los profetas en la Biblia? Yo sé que si lo acepta. Agripa le contestó: ¿En tan poco tiempo piensas que puedes convencerme de ser cristiano? Pablo le dijo: Me gustaría que en poco tiempo o en mucho tiempo, Su Majestad y todos los que están aquí fueran como yo. Pero claro, sin estas cadenas. Entonces el rey Agripa, Festo y Berenice, y todos los que estaban allí se levantaron, y salieron para conversar a solas. Decían: Este hombre no ha hecho nada malo como para merecer la muerte. Tampoco debería estar en la cárcel. Agripa le dijo a Festo: Este hombre podría ser puesto en libertad, si no hubiera pedido que el emperador lo juzgue.

Aquí puedes darte cuenta que lo esencial es que el hombre crea en Jesús, en su Palabra, en las promesas de Dios, pues el hombre regenerado, redimido por la sangre de nuestro Señor Jesucristo quien murió y resucitó, le otorga la salvación y vida eterna.

Por tanto, el hombre que vive apegado a la Palabra de Dios, que la estudia y se empapa de su conocimiento adquiere riqueza espiritual y entiende el poder de Dios en la vida de cada persona que cree en su Hijo Jesús, pues Dios a través de su Espíritu le da al hombre la fortaleza, una fuerza arrolladora capaz de vencer cualquier obstáculo.

Así pues, es el momento de que el hombre abra los ojos y comience a obedecer a Dios, pero es necesario que el hombre se arrepienta verdaderamente y pida perdón a Dios y con una nueva actitud, haga lo bueno y entonces será parte del pueblo santo de Dios.


Con Alta Estima,

…no creo que haya hecho algo tan malo como para merecer la muerte


Festo llegó a la ciudad de Cesarea para ocupar su puesto de gobernador. Tres días después se fue a la ciudad de Jerusalén. Cuando llegó, los sacerdotes principales y los judíos más importantes de la ciudad hicieron una acusación formal contra Pablo. También le pidieron a Festo que les hiciera el favor de ordenar que Pablo fuera llevado a Jerusalén. Ellos planeaban matar a Pablo cuando viniera de camino a la ciudad. Pero Festo les dijo: No; Pablo seguirá preso en Cesarea, y muy pronto yo iré para allá. Si él ha hecho algo malo y las autoridades de ustedes quieren acusarlo, que vengan conmigo. Allá podrán acusarlo.

Festo se quedó ocho días en Jerusalén, y luego regresó a Cesarea. Al día siguiente fue a la corte, se sentó en la silla del juez, y mandó a traer a Pablo. Cuando Pablo entró en la corte, los judíos que habían venido desde Jerusalén comenzaron a acusarlo de hacer cosas muy malas. Pero no pudieron demostrar que eso fuera cierto. Pablo entonces tomó la palabra para defenderse, y dijo: Yo no he hecho nada malo contra el templo de Jerusalén, ni contra el emperador de Roma. Tampoco he desobedecido las leyes judías.

Como Festo quería quedar bien con los judíos, le preguntó a Pablo: ¿Te gustaría ir a Jerusalén para que yo te juzgue allá? Pablo le contestó: El tribunal del emperador de Roma está aquí, y es aquí donde debo ser juzgado. Usted sabe muy bien que yo no he hecho nada malo contra los judíos. Si lo hubiera hecho, no me importaría si como castigo me mataran. Pero si lo que ellos dicen de mí no es cierto, nadie tiene derecho de entregarme a ellos. Yo pido que el emperador sea mi juez.
Festo se reunió con sus consejeros para hablar del asunto, y luego le dijo a Pablo: Si quieres que el emperador sea tu juez, entonces irás a Roma.

Pasaron algunos días, y el rey Agripa y Berenice fueron a la ciudad de Cesarea para saludar al gobernador Festo. Como Agripa y Berenice se quedaron allí varios días, Festo le contó al rey Agripa lo que pasaba con Pablo: Tenemos aquí a un hombre que Félix dejó preso. Cuando fui a Jerusalén los principales sacerdotes y los líderes judíos lo acusaron formalmente. Ellos querían que yo ordenara matarlo. Pero les dije que nosotros, los romanos, no acostumbramos ordenar la muerte de nadie sin que esa persona tenga la oportunidad de ver a sus acusadores y defenderse. Entonces los acusadores vinieron a Cesarea y yo, sin pensarlo mucho, al día siguiente fui al tribunal y ocupé mi puesto de juez. Ordené que trajeran  al hombre, pero no lo acusaron de nada terrible, como yo pensaba. Lo acusaban sólo de cosas que tenían que ver con su religión, y de andar diciendo que un tal Jesús, que ya había muerto, había resucitado. Yo no sabía qué hacer, así que le pregunté a Pablo si quería ir a Jerusalén para ser juzgado allá. Pero él contestó que prefería quedarse preso hasta que el emperador lo juzgue. Entonces ordené que lo dejara preso hasta que pueda enviarlo a Roma.

Agripa le dijo a Festo: Me gustaría escuchar a ese hombre. Mañana mismo podrás oírlo le contestó Festo. Al día siguiente, Agripa y Berenice llegaron al tribunal, y con mucha pompa entraron en la sala. Iban acompañados de los jefes del ejército de los hombres más importantes de la ciudad. Festo ordenó que trajeran a Pablo, y luego dijo: Rey Agripa, y señores que hoy nos acompañan, ¡aquí está el hombre! Muchos judíos han venido a verme aquí, en Cesarea, y allá en Jerusalén, para acusarlo de muchas cosas. Ellos quieren que yo ordene matarlo, pero no creo que haya hecho algo tan malo como para merecer la muerte. Sin embargo, él ha pedido que sea el emperador quien lo juzgue, y yo he decido enviarlo a Roma. Pero no sé qué decirle al emperador acerca de él. Por eso lo he traído hoy aquí, para que ustedes, y sobre todo usted, rey Agripa, le hagan preguntas. Así sabré lo que puedo escribir en la carta que enviaré al emperador. Porque no tendría sentido enviar a un preso sin decir de qué se le acusa.

Aquí puedes darte cuenta que es importante que el hombre sea firme en su manera de pensar y de actuar, que sea congruente en lo que dice y lo que hace, pues no debe dejarse intimidar por gente inescrupulosa, pues es esencial que esté bien cimentado en la Palabra de Dios, y que sea su escudo para que adquiera principios y valores y sobre todo, una buena conciencia.

No obstante, el hombre que decide ser obediente a las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo, el Espíritu de Dios vive en su ser interior y le da fuerza y las palabras precisas para defenderse.

Así pues, lo esencial es que el hombre que cree en Jesús, con humildad permanezca en sus convicciones y  exhorte a otros para que enriquezcan su vida interna y puedan avanzar en su crecimiento espiritual, el cual es preponderante para que su conducta imite todo lo bueno, todo lo verdadero y deje de vivir en las tinieblas.

Por tanto, es el tiempo de que el hombre haga cambios en su estilo de vida, que al aceptar a Jesús en su corazón, deje a un lado la hostilidad, la mentira, el engaño y se comporte a la altura del varón perfecto que es el Señor Jesús, que inicie una nueva vida, con sinceridad, gobernando sus emociones y caminando en integridad en todo lo que haga.


Con Alta Estima,

…pero yo creo que estoy obedeciendo todo lo que está escrito en la Biblia.


Cinco días después, el jefe de los sacerdotes y unos líderes de los judíos llegaron a Cesarea, acompañados por un abogado llamado Tértulo. Todos ellos se presentaron ante el gobernador Félix para  acusar a Pablo. Cuando trajeron a Pablo a la reunión, Tértulo comenzó a acusarlo ante Félix: Señor gobernador: Gracias a usted tenemos paz en nuestro país, y las cosas que usted ha mandado a hacer nos han ayudado mucho. Excelentísimo Félix, estamos muy agradecidos por todo lo que usted nos ha dado. No queremos hacerle perder tiempo, y por eso le pedimos que nos escuche un momento. Este hombre es un verdadero problema para nosotros. Anda por todas partes haciendo que los judíos nos enojemos unos contra otros. Es uno de los jefes de un grupo de hombres y mujeres llamados nazarenos. Además, trató de hacer algo terrible contra nuestro templo, y por eso lo metimos en la cárcel. Si usted lo interroga, se dará cuenta de que todo esto es verdad.

Los judíos que estaban allí presentes aseguraban que todo eso era cierto. Entonces el gobernador le hizo señas a Pablo para que hablara. Pablo le dijo: Yo sé que usted ha sido juez de este país durante muchos años. Por eso estoy contento de poder hablar antes usted, para defenderme. Hace algunos días llegué a Jerusalén para adorar a Dios y, si usted lo averigua, sabrá que digo la verdad. La gente que me acusa no me encontró discutiendo con nadie, ni alborotando a la gente en el templo, ni en la sinagoga, ni en ninguna otra parte de la ciudad. Ellos no pueden probar que sea verdad todo lo que se dice de mí.

Una cosa sí es cierta: Yo estoy al servicio del Dios de mis antepasados, y soy cristiano. Ellos dicen que seguir a Jesús es malo, pero yo creo que estoy obedeciendo todo lo que está escrito en la Biblia. Yo creo que Dios hará que los muertos vuelvan a vivir, no importa que hayan sido buenos o malos. Y también los que me acusan creen lo mismo. Por eso siempre trato de obedecer a Dios y de estar en paz con los demás; así que no tengo nada de qué preocuparme.

Durante muchos años anduve por otros países. Luego volví a mi país, para traer dinero a los pobres y presentar una ofrenda a Dios. Fui al templo para entregar las ofrendas y hacer una ceremonia de purificación. Yo no estaba haciendo ningún alboroto , y ni siquiera había mucha gente. Allí me encontraron unos judíos de la provincia de Asia, y fueron ellos los que armaron el alboroto. Si es que algo tienen contra mí, son ellos los que deberían estar aquí, acusándome delante de usted. Si no es así, que digan los presentes si la Junta Suprema de los judíos puede acusarme de hacer algo malo. Lo único que dije ante la Junta fue, que me estaban juzgando por creer que los muertos pueden volver a vivir.

Cuando Félix oyó eso, decidió terminar la reunión, pues conocía bien todo lo que se relacionaba con el mensaje de Jesús. Y les dijo a los judíos: Cuando venga el jefe Lisias, me contará lo que pasó; y sabré más acerca de este asunto. Luego, Félix le ordenó al capitán de los soldados que mantuviera preso a Pablo, pero que lo dejara hacer algunas cosas. Además, dio permiso para que Pablo recibiera a sus amigos y lo atendieran.

Días después, Félix fue otra vez a ver a Pablo. Lo acompañó Drusila, su esposa, que era judía. Félix llamó a Pablo, y lo escuchó hablar acerca de la confianza que se debe tener en Jesús. Pero Pablo también le habló de que tenía que vivir sin hacer lo malo,  que tenía que controlarse para no hacer lo que quisiera, sino solamente lo bueno, y que algún día Dios juzgaría a todos. Entonces Félix se asustó mucho y le dijo: Vete ya; cuando tenga tiempo volveré a llamarte.

Félix llamaba mucho a Pablo para hablar con él, pero más bien quería ver si Pablo le daría algún dinero para dejarlo en libertad. Dos años después, Felix dejó de ser el gobernador, y en su lugar empezó a gobernar Porcio Festo. Pero Félix quería quedar bien con los judíos; por eso dejó preso a Pablo.

Aquí puedes darte cuenta que lo fundamental es obedecer las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo que están plasmadas en su Palabra y, aunque a veces el hombre obediente tenga que padecer algunas situaciones difíciles y escabrosas, mentiras, envidia, celos, contiendas por ser su seguidor es necesario que su fe sea firme.

No obstante, el hombre debe esforzarse, ya que es una lucha constante pues el enemigo está al asecho y utiliza como instrumento a personas débiles de carácter, volubles y sobre todo de pocos valores morales, que viven cautivas del pecado y atentan contra la integridad de personas que creen en nuestro Señor Jesús.

Lo esencial, es que el hombre que verdaderamente vive de acuerdo a los principios de Jesús, que cree que El dio su vida y resucitó, el hombre tenga la seguridad que Dios cumplirá su Palabra y El le brindará  la cobertura necesaria, pero con sinceridad debe defender sus convicciones, cumpliendo la Palabra de Dios en su vida, en su caminar diario y vivirá en paz con los demás.

Por tanto, lo más importante es que el hombre confíe en nuestro Señor Jesucristo, que domine sus emociones negativas y haga lo bueno.


Con Alta Estima,

jueves, 5 de marzo de 2015

Anímate, porque así como has hablado de mí en Jerusalén, también lo harás en Roma.

Pablo miró a todos los de la Junta Suprema, y les dijo: Amigos israelitas, yo tengo la conciencia tranquila, porque hasta ahora he obedecido a Dios en todo. Entonces Ananías, el jefe de los sacerdotes, ordenó que golpearan a Pablo en la boca. Pero Pablo le dijo: Es Dios quien lo va a golpear a usted, ¡hipócrita! Usted tiene que juzgarme de acuerdo con la Ley; entonces, ¿por qué la desobedece ordenando que me golpeen? Los demás judíos de la Junta le dijeron: ¿Por qué insultas al jefe de los sacerdotes de Dios? Pablo contestó: Amigos, yo no sabía que él era el jefe de los sacerdotes. La Biblia dice que no debemos hablar mal del jefe de nuestro pueblo.

Cuando Pablo vio que algunos de los judíos de la Junta eran saduceos, y que otros eran fariseos, dijo en voz alta: Amigos, israelitas, yo soy fariseo, y muchos en mi familia también lo han sido, ¿por qué se me juzga? ¿Por creer que los muertos pueden volver a vivir? Apenas Pablo dijo eso, los fariseos y los saduceos comenzaron a discutir. La reunión no pudo continuar en paz, pues unos pensaban una cosa y otros otra. Los saduceos dicen que los muertos no pueden volver a vivir, y qué no existen los ángeles ni los espíritus. Pero los fariseos sí creen en todo eso. Se armó entonces un gran alboroto, en el que todos gritaban. Algunos maestros de la Ley, que eran fariseos, dijeron: No creemos que este hombre sea culpable de nada. Tal vez un ángel o un espíritu le ha hablado.

El alboroto era cada vez mayor. Entonces el jefe de los soldados romanos tuvo miedo de que mataran a Pablo, y ordenó que vinieran los soldados y se lo llevaran de nuevo al cuartel. A la noche siguiente, el Señor Jesús se le apareció a Pablo y le dijo: Anímate, porque así como has hablado de mí en Jerusalén, también lo harás en Roma.

Al día siguiente, unos cuarenta judíos se pusieron de acuerdo para matar a Pablo. Fueron entonces a ver a los sacerdotes principales y a los líderes del país, y les dijeron: Hemos jurado no comer ni beber nada, hasta que hayamos matado a Pablo. Que una maldición caiga sobre nosotros, si no cumplimos nuestro juramento. Ahora bien, este es nuestro plan: ustedes, y los demás judíos de la Junta Suprema, le pedirán al jefe de los soldados romanos que traiga mañana a Pablo. Díganle que desean saber más acerca de él. Nosotros, por nuestra parte, estaremos listos para matarlo antes de que llegue aquí.

Pero un sobrino de Pablo se dio cuenta de lo que planeaban, y fue al cuartel a avisarle. Pablo llamó entonces a uno de los capitanes romanos, y le dijo: Este muchacho tiene algo importante que decirle al jefe de usted; llévelo con él.  El capitán lo llevó y le dijo a su jefe: El prisionero Pablo me pidió que trajera a este muchacho, pues tiene algo que decirle a usted. El jefe tomó de la mano al muchacho y lo llevó a un lugar aparte. Allí le preguntó: ¿Qué vienes a decirme? El muchacho le dijo: Unos judíos han hecho un plan para pedirle a usted que lleve mañana a Pablo ante la Junta Suprema. Van a decirle que es para investigarlo con más cuidado. Pero usted no les haga caso, porque más de cuarenta hombres estarán escondidos esperando a Pablo, y han jurado que no comerán ni beberán nada hasta matarlo, y que si no lo hacen les caerá una maldición. Ellos están ahora esperando su respuesta.

El jefe despidió al muchacho y le ordenó: No le digas a nadie lo que me has dicho.
El jefe de los guardias llamó a dos de sus capitanes y les dio esta orden: Preparen a doscientos soldados que vayan a caballo, y doscientos soldados con lanzas. Preparen también un caballo para Pablo. Quiero que a las nueve de la noche vayan a la ciudad de Cesarea, y que lleven a Pablo ante el gobernador Félix. Asegúrense de que a Pablo no le pase nada malo.

Además, el jefe envió una carta con los soldados, la cual decía: De Claudio Lisias, para el excelentísimo gobernador Félix. Saludos.

Los líderes judíos arrestaron a este hombre, y querían matarlo. Cuando supe que él es ciudadano romano, fui con mis soldados y lo rescaté. Luego lo llevé ante la Junta Suprema de los judíos, para saber de qué lo acusaban. Así supe que lo acusaban de cuestiones que tienen que ver con la ley de ellos. Pero yo no creo que haya razón para matarlo o tenerlo en la cárcel. Me he enterado también de que unos judíos planean matarlo, y por eso lo he enviado ante usted. A los judíos que lo acusan les he dicho que vayan y traten con usted el asunto que tienen contra él.

Los soldados cumplieron las órdenes de su jefe, y por la noche llevaron a Pablo al cuartel de Antipatris. Al día siguiente, los soldados que iban a pie regresaron al cuartel de Jerusalén, y los que iban a caballo continuaron el viaje con Pablo.  Cuando llegaron a Cesarea, se presentaron ante el gobernador Félix, y le entregaron a Pablo junto con la carta.

El gobernador leyó la carta, y luego preguntó de dónde era Pablo. Cuando supo que era de la región de Cilicia, le dijo a Pablo: Escucharé lo que tengas que decir cuando vengan los que te acusan. Después, el gobernador ordenó a unos soldados que se llevaran a Pablo, y que lo vigilaran bien. Los soldados lo llevaron al palacio que había construido el rey Herodes el Grande.

Aquí puedes darte cuenta que es fundamental obedecer a Dios y mostrar una buena actitud ante toda circunstancia, que el hombre tenga fe y crea en el Señor Jesucristo, quien murió y resucitó para salvar a la humanidad.

Asimismo, es tiempo de que el hombre se anime y se levante, pues el hombre que sigue el llamado de Jesús, tiene que ser consciente de tomar una decisión firme y estar atento a oir la voz audible del Señor Jesús, tener un corazón humilde dispuesto a enfrentar diversas situaciones, pues el camino de anunciar el mensaje de Dios es a veces un camino escabroso, de sufrimiento pero lo importante es que el hombre se deje guiar por Dios, y con la confianza en El, el hombre avanzará la obra, establecer el reino de Dios en este mundo .


Con Alta Estima,

miércoles, 4 de marzo de 2015

Señor Jesús, ¿qué debo hacer?


Pablo les hablaba en arameo, guardaron más silencio. Pablo entonces les dijo: Yo soy judío. Nací en la ciudad de Tarso, en la provincia de Cilicia, pero crecí aquí en Jerusalén. Cuando estudié, mi maestro fue Gamaliel, y me enseñó a obedecer la ley de nuestros antepasados. Siempre he tratado de obedecer a Dios con la misma lealtad que ustedes. Antes buscaba por todas partes a los seguidores del Señor Jesús, para matarlos. A muchos de ellos, hombre y mujeres, los atrapé y los metí en la cárcel. El jefe de los sacerdotes y todos los líderes del país saben bien que esto es cierto. Ellos mismos me dieron carta para más amigos judíos de la ciudad de Damasco, para que ellos me ayudaran a atrapar más seguidores de Jesús. Yo fui a Damasco para traerlos a Jerusalén y castigarlos.

Todavía estábamos en el camino, ya muy cerca de Damasco, cuando de repente, como a las doce del día, vino del cielo una fuerte luz y todo a mí alrededor se iluminó. Caí al suelo, y escuché una voz que me decía: ¡Saulo! ¡Saulo! ¿Por qué me persigues? Yo pregunté: ¿Quién eres, Señor? La voz me dijo: Yo soy Jesús de Nazaret. Es a mí a quien estás persiguiendo. Los amigos que me acompañaban vieron la luz, pero no oyeron la voz. Entonces pregunté: Señor Jesús, ¿qué debo hacer? El Señor me dijo: Levántate y entra en la ciudad de Damasco. Allí se te dirá lo que debes hacer. Mis amigos me llevaron de la mano a Damasco, porque la luz me había dejado ciego. Allí en Damasco había un  hombre llamado Ananías, que amaba a Dios y obedecía la ley de Moisés. La gente de esa ciudad hablaba muy bien de él. Ananías fue a verme y me dijo: Saulo, amigo, ya has recobrado la vista.

En ese mismo instante recobré la vista, y pude ver a Ananías. Entonces él me dijo: El Dios de nuestros antepasados te ha elegido para que conozcas sus planes. El quiere que veas a Jesús, quien es justo, y que oigas su voz. Porque tú le anunciarás a todo el mundo lo que has visto y lo que has oído. Así que, no esperes más; levántate, bautízate y pídele al Señor que perdone tus pecados. Cuando regresé a Jerusalén, fui al templo a orar, y allí tuve una visión. Vi al Señor, que me decía: Vete enseguida de Jerusalén, porque la gente de aquí no creerá lo que digas de mí.

Yo contesté: Señor, esta gente sabe lo que yo iba a todas las sinagogas para atrapar a los que creían en ti. Los llevaba a la  cárcel, y los maltrataba mucho. Cuando mataron a Esteban, yo estaba allí, y estuve de acuerdo en que lo mataran, porque hablaba acerca de ti. ¡Hasta cuidé la ropa de los que lo mataron! Pero el Señor Jesús me dijo: Vete ya, pues voy a enviarte a países muy lejanos. La gente ya no quiso escuchar más y comenzó a gritar: ¡Ese hombre no merece vivir! ¡Que muera! ¡No queremos volver a verlo en este mundo. La gente siguió gritando y sacudiéndose el polvo de la ropa en señal de rechazo, y lanzaba tierra al aire.

El jefe de los soldados ordenó que metieran a Pablo en el cuartel, y que lo golpearan. Quería saber por qué la gente gritaba en contra suya. Pero cuando los soldados lo ataron para pegarle, Pablo le preguntó al capitán de los soldados: ¿Tienen ustedes permiso para golpear a un ciudadano romano, sin saber siquiera sí es culpable o inocente? El capitán fue y le contó esto al jefe de los soldados. Le dijo: ¿Qué va a hacer usted? Este hombre es ciudadano romano! El jefe fue a ver a Pablo, y le preguntó: ¿De veras eres ciudadano romano? Así es, contestó Pablo.

El jefe le dijo: Yo compré el derecho de ser ciudadano romano, y me costó mucho dinero. ¡Pero yo no lo compré! Le contestó Pablo. Yo nací en una ciudad romana. Por eso soy ciudadano romano. Los que iban a golpear a Pablo para que hablara, se apartaron de él. El jefe de los soldados también tuvo mucho miedo, pues había ordenado sujetar con cadenas a un ciudadano romano.

Al día siguiente, el jefe de los soldados romanos mandó a reunir a los sacerdotes principales y a los judíos de la Junta Suprema, pues quería saber exactamente en qué acusaban a Pablo. Luego ordenó que le quitaran las cadenas, que lo sacaran de la cárcel y que lo pusieran delante de todos ellos.

Aquí puedes darte cuenta que Dios elige a cada persona que El desea que le sirva, que sea su fiel servidor para que anuncie el mensaje de Dios, pero es imprescindible que el hombre sea obediente y viva apegado a los mandatos del Señor Jesús.

No obstante, es tiempo de que el hombre  pregunte al Señor Jesús ¿Qué debe hacer? Pues Dios ya tiene un plan, un propósito para cada quién, por lo que es prioridad que el hombre despierte, que quite su ceguera espiritual y busque a Dios y se llene de conocimiento que da su Palabra y, haga cambios en su estilo de vida.

Por tanto, lo esencial es que el hombre tome conciencia de porque está en este mundo, y, cuál debe ser  su papel importante como ofrenda grata  a Dios.

Y sabes, aunque a veces en el mundo ocurren injusticias, lo primordial es que el hombre se sujete a Dios, que dependa del Señor Jesús, que ponga su confianza en El  y estando bajo la cobertura de Dios, le  irá bien en todo lo que haga.


Con Alta Estima,

martes, 3 de marzo de 2015

El Espíritu Santo dice que así atarán los judíos, en Jerusalén

Cuando nos despedimos de los líderes de la iglesia de Efeso, subimos al barco y fuimos directamente a la isla de Cos. Al día siguiente, salimos de allí hacia la isla de Rodas, y de allí hacia el puerto de Pátara. En Pátara encontramos un barco que iba hacia Fenicia, y nos fuimos en él. En el viaje, vimos la costa sur de la isla de Chipre. Seguimos hacia la región de Siria y llegamos al puerto de Tiro, pues los marineros tenían que descargar algo. Allí encontramos a algunos seguidores del Señor Jesús, y nos quedamos con ellos siete días. Como el Espíritu Santo les había dicho que Pablo no debía ir a Jerusalén, ellos le rogaban que no siguiera su viaje. Pasados los siete días decidimos seguir nuestro viaje. Todos los hombres, las mujeres y los niños nos acompañaron hasta salir del poblado. Al llegar a la playa, nos arrodillamos y oramos.  Luego nos despedimos de todos y subimos al barco, y ellos regresaron a sus casas.

Seguimos nuestro viaje, desde Tiro hasta el puerto de Tolemaida. Allí saludamos a los miembros de la iglesia, y ese día nos quedamos con ellos. Al día siguiente, fuimos por tierra hasta la ciudad de Cesarea. Allí nos quedamos con Felipe, quien anunciaba las buenas noticias y era uno de los siete ayudantes de los apóstoles. Felipe tenía cuatro hijas solteras, que eran profetisas.

Habíamos pasado ya muchos días en Cesarea cuando llegó un profeta llamado Agabo, que venía de la región de Judea. Se acercó a nosotros y, tomando el cinturón de Pablo, se ató las manos y los pies. Luego dijo: El Espíritu Santo dice que así atarán los judíos, en Jerusalén, al dueño de este cinturón, para entregarlo a las autoridades de Roma.

Cuando los que acompañábamos a Pablo escuchamos eso, le rogamos que no fuera a Jerusalén. También los de la iglesia de Cesarea le rogaban lo mismo. Pero Pablo nos contestó: ¡No lloren, pues me ponen muy triste! Tanto amo al Señor Jesús, que estoy dispuesto a ir a la cárcel, y también a morir en Jerusalén.

Hicimos todo lo posible para evitar que Pablo fuera a Jerusalén, pero él no quiso escucharnos. Así que dijimos: ¡Señor Jesús, enséñanos a hacer lo que nos ordenas! Pocos días después, nos preparamos y fuimos a Jerusalén, acompañados de algunos de los miembros de la iglesia de Cesarea. Nos llevaron a la casa de un hombre llamado Mnasón, que nos invitó a quedarnos con él. Mnasón había creído en Jesús hacía mucho tiempo, y era de la isla de Chipre.

Cuando llegamos a la ciudad de Jerusalén, los miembros de la iglesia nos recibieron con mucha alegría. Al día siguiente, fuimos con Pablo a visitar a Santiago, el hermano de Jesús. Cuando llegamos, también encontramos allí a los líderes de la iglesia. Pablo los saludó, y les contó lo que Dios había hecho por medio de él entre los que no eran judíos. Cuando los miembros de la iglesia oyeron eso, dieron gracias a Dios y le dijeron a Pablo: Bueno, querido amigo Pablo, como has podido ver, muchos judíos han creído en Jesús. Pero todos ellos dicen que deben seguir obedeciendo las leyes de Moisés. Ellos se han enterado de que, a los judíos que viven en el extranjero, tú les enseñas a no obedecer la ley de Moisés, y que les dices que no deben circuncidar a sus hijos ni hacer lo que todos los judíos hacemos. ¿Qué vamos a decir cuando la gente se dé cuenta de que tú has venido? Mejor haz lo siguiente: Hay entre nosotros cuatro hombres que han hecho una promesa a Dios, y tienen que cumplirla en estos días. Llévalos al templo y celebra con ellos la ceremonia de purificación.  Paga tú los gastos de ellos para que puedan raparse todo el pelo. Si haces eso, los hermanos sabrán que no es cierto lo que les han contado acerca de ti. Más bien verán que tú también obedeces la Ley.

En cuanto a los que no son judíos y han creído en Jesús, ya les habíamos mandado una carta. En ella les hicimos saber que no deben comer carne de animales que se hayan sacrificado a los ídolos, ni sangre, ni carne de animales que todavía tengan sangre adentro. Tampoco deben practicar las relaciones sexuales prohibidas por nuestra ley.

Entonces Pablo se llevó a los cuatro hombres que habían hecho la promesa, y con ellos celebró al día siguiente la ceremonia de purificación. Después entró al templo para avisarles cuándo terminarán de cumplir la promesa, para así llevar la ofrenda que cada uno debía presentar.

Cuando estaban por cumplirse los siete días de la promesa, unos judíos de la provincia de Asia vieron a Pablo en el templo. Enseguida alborotaron a la gente y gritaron: ¡Israelitas, ayúdennos! ¡Este es el hombre que por todas partes anda hablando en contra de nuestro país, en contra de la ley de Moisés, y en contra de este templo! ¿Aun a los que no son judíos los ha metido en el templo! ¡No respeta ni este lugar santo!

Dijeron eso porque en la ciudad habían visto a Pablo con Trófimo, que era de Efeso, y pensaron que Pablo lo había llevado al templo. Toda la gente de la ciudad se alborotó, y pronto se reunió una gran multitud. Agarraron a Pablo, lo sacaron del templo, y de inmediato cerraron las puertas. Cuando estaban a punto de matar a Pablo, el jefe del batallón de soldados romanos se enteró que la gente estaba alborotada. Tomó entonces a un grupo de soldados y oficiales, y fue al lugar.

Cuando la gente vio llegar al jefe y, a sus soldados, dejó de golpear a Pablo. El jefe arrestó a Pablo y ordenó que le pusieran dos cadenas. Luego le preguntó a la gente: ¿Quién es este hombre, y qué ha hecho?

Pero unos gritaban una cosa, y otros otra. Y era tanto el escándalo que hacían, que el comandante no pudo averiguar lo que pasaba. Entonces les ordenó a los soldados: ¡Llévense al prisionero al cuartel! Cuando llegaron a las gradas del cuartel, los soldados tuvieron que llevar alzado a Pablo, pues la gente estaba furiosa y gritaba: ¡Que muera!

Los soldados ya iban a meter a Pablo en la cárcel, cual él le preguntó al jefe de ellos: ¿Podría hablar con usted un momento? El jefe, extrañado, le dijo: No sabía que tú hablaras griego. Hace algún tiempo, un egipcio inició una rebelión contra el gobierno de Roma y se fue al desierto con cuatro mil guerrilleros. ¡Yo pensé que ese eras tú! Pablo contestó: No, yo soy judío y nací en Tarso, una ciudad muy importante de la provincia de Cilicia. ¿Me permitiría usted hablar con la gente? El jefe le dio permiso. Entonces, Pablo se puso de pie en las gradas del cuartel, y levantó la mano para pedir silencio. Cuando la gente se calló, Pablo les habló en arameo y les dijo: Escúchenme, amigos israelitas y líderes del país;  ¡dejen que me defienda!

Aquí puedes darte cuenta que lo más importante es que el hombre obedezca los mandatos del Señor Jesús y cambie su manera de vivir, que se prepare en el conocimiento de Dios y esté atento a la voz audible de Dios y haga lo que El ordena.

No obstante, el hombre arrepentido y que pide perdón a Dios, Dios lo restaura y recibe el Espíritu de Dios en su ser interior y lo guía para que se llene de sabiduría y transmita a otros el mensaje de Dios.

Así pues, es prioridad que el hombre confíe siempre en Dios, que crea en El para que siga avanzando en su crecimiento  hasta alcanzar la madurez espiritual necesaria, pues sabes, lo esencial es que el hombre aumente su fe y ante cualquier circunstancia el hombre se mantenga firme en sus convicciones.  


Con Alta Estima,

lunes, 2 de marzo de 2015

Dios bendice más al que da que al que recibe


Cuando todo aquel alboroto terminó, Pablo mandó llamar a los que habían creído y les pidió que no dejaran de confiar en Jesús. Luego se despidió de ellos, y fue a la provincia de Macedonia. Pablo iba de lugar en lugar, animando a los miembros de las iglesias de esa región. De allí se fue a Grecia, país donde se quedó tres meses.

Estaba Pablo a punto de salir en barco hacia la provincia de Siria, cuando supo que algunos judíos planeaban  atacarlo. Entonces decidió volver por Macedonia. Varios hombres lo acompañaron: Sópatro que era hijo de Pirro y vivía en la ciudad de Berea; Aristarco y Segundo, que eran de la ciudad de Tesalónica; Gayo, del pueblo de Derbe; y Timoteo, Tíquico y Trófimo, que eran de la provincia de Asia. Todos ellos viajaron antes que nosotros y nos esperaron en la ciudad de Tróade.
Cuando terminó la fiesta de los panes sin levadura, Pablo y los que estábamos con él salimos en barco, desde el puerto de Filipos hacia la ciudad de Tróade. Después de cinco días de viaje, llegamos y encontramos a aquellos hombres, y nos quedamos allí siete días.

El domingo nos reunimos en uno de los pisos altos de una casa, para celebrar la Cena del Señor. Había muchas lámparas encendidas. Como Pablo saldría de viaje al día siguiente, estuvo hablando de Jesús hasta la media noche. Mientras Pablo hablaba, un joven llamado Eutico, que estaba sentado en el marco de la ventana, se quedó profundamente dormido y se cayó desde el tercer piso. Cuando fueron a levantarlo, ya estaba muerto. Pero Pablo bajó, se inclinó sobre él, y tomándolo en sus brazos dijo: ¡No se preocupen! Está vivo.

Luego, Pablo volvió al piso alto y celebró la Cena del Señor, y siguió hablándoles hasta que salió el sol. Después continuó su viaje. En cuanto a Eutico, los miembros de la iglesia lo llevaron sano y salvo a su casa, y eso los animó mucho.

Pablo había decidido ir por tierra hasta Aso, pero nosotros tomamos un barco para recogerlo allá. Cuando llegamos, él se nos unió en el barco y nos fuimos al puerto de Mitilene. Al día siguiente, el barco pasó frente a la isla Quío, y un día más tarde llegamos al puerto de Samos, porque Pablo no quería pasar a Efeso ni perder mucho tiempo en la provincia de Asia. Lo que deseaba era llegar lo más pronto posible a la ciudad de Jerusalén, para estar allá en el día de Pentecostés. Seguimos navegando, y un día después llegamos al puerto de Mileto.

Estando en la ciudad de Mileto, Pablo mandó llamar a los líderes de la iglesia de Efeso para hablar con ellos. Cuando llegaron, les dijo: Ustedes saben muy bien cómo me he portado desde el primer día que llegué a la provincia de Asia. Aunque he sufrido mucho por los problemas que me han causado algunos judíos, con toda humildad he cumplido con lo que el Señor Jesús me ha ordenado. Nunca he dejado de anunciarles a ustedes todas las cosas que les ayudarían a vivir mejor, ni de enseñarles en las calles y en sus casas. A los judíos y a los que no son judíos les he dicho que le pidan perdón a Dios y crean en nuestro Señor Jesucristo.

Ahora debo ir a Jerusalén, pues el Espíritu Santo me lo ordena. No sé lo que me va a pasar allá. A dondequiera que voy, el Espíritu Santo me dice que en Jerusalén van a meterme a la cárcel, y que van a maltratarme mucho. No me preocupa si tengo que morir. Lo que sí quiero es tener la satisfacción de haber anunciado la buena noticia del amor de Dios, como me lo ordenó el Señor Jesús. Estoy seguro de que no volverá a verme ninguno de ustedes, a los que he anunciado el mensaje del reino de Dios. Por eso quiero decirles que no me siento responsable por ninguno de ustedes, pues ya les he anunciado los planes de Dios. No les he ocultado nada.

Ustedes deben cuidarse a sí mismos, y cuidar a los miembros de la iglesia de Dios. Recuerden que el Espíritu Santo los puso como líderes de la iglesia, para que cuiden a todos los que Dios salvó por medio de la sangre de su propio Hijo.

Cuando yo muera, vendrán otros que, como si fueran lobos feroces, atacarán a todos los de la iglesia. También algunos, que ahora son seguidores de Jesús, comenzarán a enseñar mentiras, para que todos en la iglesia los sigan y los obedezcan.

Por eso, tengan mucho cuidado. Recuerden los consejos que les he dado durante tres años, a pesar de tantos problemas y dificultades. Ahora le pido a Dios que los cuide con mucho amor. Su amoroso mensaje puede ayudarles a ser cada día mejores. Si lo obedecen, Dios cumplirá las promesas que ha hecho a todos los que ha elegido para su pueblo.

Nunca he querido que me den dinero ni ropa. Ustedes bien saben que con mis propias manos he trabajado, para conseguir todo lo que mis ayudantes y yo hemos necesitado para vivir. Les he enseñado que deben trabajar y ayudar a los que nada tienen. Recuerden lo que nos dijo el Señor Jesús: Dios bendice más al que da que al que recibe.

Cuando Pablo terminó de hablar, se arrodilló con todos los líderes y oró por ellos. Todos comenzaron a llorar, y abrazaron y besaron a Pablo. Estaban muy tristes porque Pablo les había dicho que jamás lo volverían a ver. Después, todos acompañaron a Pablo hasta el barco.

Aquí puedes darte cuenta que lo fundamental, es que el hombre confíe en nuestro Señor Jesucristo, que crea en El, que murió y resucitó para  que el hombre sea salvo y tenga vida eterna.

No obstante, es importante que el hombre celebre “la Cena del Señor” y que le pida perdón a Dios por sus pecados cometidos, y que establezca una relación personal con Jesús.

Por tanto, es esencial que el hombre como hijo de Dios, obedezca las enseñanzas de Jesús y viva de acuerdo a su Palabra para que sea cada día mejor persona, que cuide de sí mismo y ayude a otros pues Dios bendice al que da de corazón.


Con Alta Estima,