sábado, 8 de agosto de 2015

Los que mataron a Cristo destruyeron su cuerpo, pero él resucitó para vivir como espíritu.


Ustedes, las esposas, deben obedecer a sus esposos en todo. De esa manera, si ellos no creen en el mensaje de la buena noticia, el comportamiento de ustedes podrá convencerlos, pues verán que ustedes son honestas y que honran a Dios.

No piensen ustedes que se verán más bellas con peinados exagerados, o con joyas de oro y vestidos lujosos. La belleza no depende de las apariencias, sino de lo que hay en el corazón. Así que, sean ustedes personas tranquilas y amables. Esta belleza nunca desaparece, y es muy valiosa delante de Dios.

Así eran algunas mujeres en el pasado confiaban en Dios y obedecían a sus esposos. Así fue Sara, pues obedecía a Abraham y lo llamaba “señor”. Si ustedes hacen el bien y no tienen miedo de nada, serán como ella.

En cuanto a ustedes, los esposos, sean comprensivos con sus esposas. Reconozcan que ellas no tienen la fuerza de ustedes, pero que también a ellas Dios les ha prometido la vida eterna. Si ustedes lo hacen así, Dios escuchará sus oraciones.

En fin, todos ustedes deben vivir en armonía y amarse unos a otros. Pónganse de acuerdo en todo, para que permanezcan unidos. Sean buenos y humildes. Si alguien les hace algo malo, no hagan ustedes lo mismo; si alguien los insulta, no contesten con otro insulto. Al contrario, pídanle a Dios que bendiga a esas personas, pues él los eligió a ustedes para que reciban bendición. Porque, como dice la Biblia:

Los que de todo corazón
Deseen vivir y ser felices, deben cuidarse de no mentir
Y de hablar mal de otros;
Deben hacer el bien,
Dejar de hacer el mal
Y vivir en paz con todos.
Porque el Señor cuida
a los que hacen el bien,
escucha sus oraciones
y está en contra del malvado.

¿Quién puede hacerles mal, si ustedes siempre insisten en hacer el bien? ¡Nadie! Pero si hacen el bien, y aun así tienen que sufrir, Dios los bendecirá. No le tengan miedo a nadie, ni se asusten. Honren a Cristo como Señor, y estén siempre dispuestos a explicarle a la gente por qué ustedes confían en Cristo y en sus promesas. Pero háganlo con amabilidad y respeto. Pórtense bien, como buenos seguidores de Cristo, para los que hablan mal de la buena conducta de ustedes sientan vergüenza de lo que dicen.

Si Dios así lo quiere, es mejor que sufran por hacer el bien que por hacer el mal. Porque Cristo murió una vez y para siempre para perdonarnos nuestros pecados. El era bueno e inocente, y sufrió por los pecadores, para que ustedes pudieran ser amigos de Dios. Los que mataron a Cristo destruyeron su cuerpo, pero él resucitó para vivir como espíritu.

De este modo, fue a anunciar su victoria a los espíritus que estaban presos.
Eran los espíritus de los que desobedecieron a Dios en los tiempos de Noé. Dios esperó con paciencia a que arrepintieran, mientras Noé construía la barca, pero no lo hicieron. Sólo unos pocos subieron a la barca y se salvaron del diluvio, pues el agua misma llevó a esas ocho personas a lugar seguro. Y esa agua representaba a la que ahora usamos para el bautismo, por medio del cual Dios nos salva. El bautismo verdadero no es para limpiar nuestro cuerpo, sino para pedirle a Dios que nos limpie de pecado, para que no nos sintamos culpables de nada.

Y Dios nos salva por medio del bautismo porque Jesucristo resucitó, subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios, en el lugar más importante, y gobierna a todos los ángeles y a todos los seres espirituales que tienen autoridad y poder.

Aquí puedes darte cuenta que lo más importante es que el hombre se comporte correctamente que sea honesto, con un espíritu amable como una persona tranquila que honra a nuestro Señor Jesucristo como su Señor, pues la belleza no se mide por la apariencia externa, sino por lo que el hombre guarda en su corazón.

Por lo tanto, es fundamental que el hombre viva en armonía, amándose unos a otros, siendo bueno y humilde, si alguien lo insulta que el hombre pida a Dios que  bendiga a estas personas pues el hombre que ama a Dios debe vivir en paz con todos pues Dios cuida a los que hacen lo bueno.

Así pues, es mejor que el hombre que sigue a Cristo,  sufra por hacer el bien pues Cristo murió para perdonar al hombre sus pecados y resucitó para vivir como espíritu, pues el espíritu hizo que volviera a la vida y por eso El libera a los espíritus cautivos, y entonces por medio del bautismo verdadero Dios salva al hombre gracias a Jesús resucitó y entonces subió al cielo y está sentado en el lugar más importante, a la derecha de Dios y El gobierna a todos desde su trono.


Con Alta Estima,

viernes, 7 de agosto de 2015

Pórtense bien cuando estén con gente que no cree en Dios.


Por lo tanto, dejen de hacer lo malo. No se digan mentiras, no sean hipócritas, no sean envidiosos ni chismosos. Más bien, busquen todo lo que sea bueno y que ayude a su espíritu, así como los niños recién nacidos buscan ansiosos la leche de su madre. Si lo hacen así, serán mejores cristianos y Dios los salvará, pues ustedes han comprobado que el Señor es bueno.
Ustedes son piedras vivas que Dios está usando para construir un templo espiritual. Por lo tanto, acérquense a Jesucristo, pues él es la piedra viva que la gente despreció, pero que Dios eligió como la piedra más valiosa. Además, ustedes son sacerdotes especiales, y por medio de Jesucristo le ofrecerán a Dios los sacrificios que a él le agradan. Pues Dios dice en la Biblia:
Yo seré para Jerusalén una piedra valiosa y escogida.
Seré la piedra principal, y serviré de base al edificio.
El que confíe en mí, jamás será engañado.

Ustedes creen en Dios, y por eso consideran que esa piedra es muy valiosa. Pero a los que no creen, les sucede lo que dice la Biblia:

La piedra que rechazaron
Los constructores del templo
Es ahora la piedra principal.
Y también
Esta es la piedra
Por la que muchos caerán:
Muchos tropezarán en esta roca.

¡Eso es lo que se merecen! ¡Tropezarán por no aceptar el mensaje de Jesucristo! Pero ustedes son miembros de la familia de Dios, son sacerdotes al servicio del Rey, y son su pueblo. Dios mismo los sacó de la oscuridad del pecado, y los hizo entrar en su luz maravillosa. Por eso, anuncien las maravillas que Dios ha hecho.
Antes, ustedes no eran nada,
Pero ahora son el pueblo de Dios.
Antes, Dios no les tenía
Compasión,
Pero ahora los ama mucho

Amados hermanos en Cristo, les hablo como si ustedes fueran extranjeros y estuvieran de paso por este mundo. No hagan nada que obedezca a sus malos deseos, pues esos deseos los llevarán a la perdición.

Pórtense bien cuando estén con gente que no cree en Dios. Así, aunque ahora esa gente hable mal de ustedes, como si fueran unos malvados, luego verá el bien que ustedes hacen, y alabará a Dios el día en que él les pida cuenta a todos.
Para que nadie hable mal de nuestro Señor Jesucristo, obedezcan a todas las autoridades del gobierno. Obedezcan al emperador romano, pues él tiene la máxima autoridad en el imperio.

Obedezcan también a los gobernantes. El emperador los ha puesto para castigar a los que hacen lo malo, y para premiar a los que hacen lo bueno. Dios quiere que ustedes hagan el bien, para que la gente ignorante y tonta no tenga nada que decir en contra de ustedes.
Ustedes son libres porque son servidores de Dios. Pero no crean que por ser libres pueden hacer lo malo. Respeten a todos, y amen de manera especial a los miembros de la iglesia. Honren a Dios y respeten al emperador romano.

A los esclavos les mando que obedezcan a sus amos y que los respeten. Pero no sólo a los que son buenos y comprensivos, sino también a los que son malos. Dios bendice a los que, por ser fieles a él, sufren injustamente y soportan el sufrimiento. Si alguno es castigado por hacer algo malo, y soporta con paciencia el castigo, no está haciendo nada extraordinario. Pero si uno sufre y soporta el sufrimiento por haber hecho algo bueno, Dios lo bendecirá.

Si acaso sufren injustamente, recuerden que Dios les ha ordenado sufrir con paciencia. Y en eso Cristo les ha dado el ejemplo, para que hagan lo mismo, pues él sufrió por ustedes. Cristo no pecó nunca, y jamás engañó a nadie.

Cuando lo insultaban, jamás contestaba con insultos, y jamás amenazó a quienes lo hicieron sufrir. Más bien, dejó que Dios lo cuidara y se encargara de todo, pues Dios juzga a todos con justicia. Cristo hizo suyos nuestros pecados, y por eso murió en la cruz. Lo hizo para que nosotros dejemos por completo de hacer el mal, y vivamos haciendo el bien. Cristo fue herido para que ustedes fueran sanados. Antes, ustedes andaban como ovejas perdidas, pero ahora han regresado a Cristo, que es como un pastor que los cuida y los protege.

Aquí puedes darte cuenta que lo fundamental para Dios es que el hombre se porte bien y haga lo bueno y que ayude a su espíritu y por ende, crezca espiritualmente y sea un mejor cristiano, porque para Dios el hombre es piedra viva que usa para construir un templo espiritual en el que la piedra principal es Nuestro Señor Jesucristo.

Por tanto, lo esencial es que el hombre acepte y anuncie a otros el mensaje de Jesús, lo que le da libertad para que muestre su amor a otros y sirva a Dios y respete a todos.

Asimismo, Dios bendice al hombre que es fiel a Dios y aunque sufra injustamente lo soporta con paciencia pues sabe que Dios le cuida y El se encarga de todo ya que es un Dios justo, por eso vino nuestro Señor Jesucristo al mundo a morir en la cruz,  sufrió para que el hombre fuera sanado.


Con Alta Estima, 

jueves, 6 de agosto de 2015

Así que no hagan lo malo, sino manténganse apartados del mal


Yo, Pedro, que soy enviado de Jesucristo a anunciar su mensaje, saludo a todos los cristianos que viven como extranjeros en las regiones de Ponto, Galacia,  Capadocia, Asia y Bitinia.
De acuerdo con su plan, Dios el Padre decidió elegirlos a ustedes, para que fueran su pueblo. Y por medio del Espíritu Santo y de la muerte de Jesucristo, Dios los ha limpiado de todo pecado, para que lo obedezcan.
Deseo que Dios los ame mucho y les permita vivir en paz.
Alabemos al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por medio de la resurrección de Jesucristo ha cambiado totalmente nuestra vida. Por su gran amor, Dios cambió nuestra vida, para que siempre estemos seguros de nuestra salvación y de que nos dará todo lo que nos ha prometido y que tiene guardado en el cielo. Lo que nos ha prometido no puede destruirse ni mancharse, ni marchitarse. Ustedes confían en Dios, y por eso él los protege con su poder, para que puedan ser salvados tal y como está planeado para los últimos tiempos.
Por eso, aun cuando por algún tiempo tengan que pasar por muchos problemas y dificultades, ¡alégrense! La confianza que ustedes tienen en Dios es como el oro: así como la calidad del oro se pone a prueba, su confianza será más valiosa que el oro, pues el oro se puede destruir. Así, cuando Jesucristo aparezca, hablará bien de la confianza que ustedes tienen en Dios, porque una confianza que ha pasado por tantas pruebas merece ser alabada.
Ustedes, aunque nunca han visto a Jesucristo, lo aman y creen en él, y tienen una alegría tan grande y hermosa que no puede describirse con palabras. Ustedes viven alegres porque ya saben que Dios los salvará, y por eso confían en él.
Los profetas estudiaron con cuidado todo acerca de esta salvación, y hablaron de lo que Dios, por su amor, les daría a ustedes. Antes de que Cristo viniera al mundo, su Espíritu les enseñaba todo lo hermoso que sucedería después. Y los profetas intentaban descubrir quién sería el Mesías, y cuándo vendría al mundo. Pero Dios les hizo entender que lo que ellos anunciaban no era para ellos mismos, sino para ustedes. Ese es el mensaje que les dieron a ustedes quienes les comunicaron la buena noticia. Y lo hicieron con el poder del Espíritu Santo, que fue enviado del cielo. ¡Esto es algo que los ángeles mismos hubieran querido ver!
Por eso, estén atentos y piensen bien lo que van a hacer, para que siempre hagan lo correcto. Y confíen plenamente en que Dios los tratará bien cuando regrese Jesucristo.
Ustedes, antes de que conocieran la buena noticia acerca de Jesucristo, hacían todo lo malo que querían. Pero ahora deben obedecer a Dios en todo, como buenos hijos. Así que no hagan lo malo, sino manténganse apartados del mal, porque Dios los eligió para ser su pueblo. En la Biblia, Dios nos dice: yo soy un Dios diferente a los demás, por eso ustedes deben ser diferentes a las demás naciones.
Dios es un juez que no tiene favoritos, y será él quien decida si merecemos ser castigados o premiados, según lo que cada uno de nosotros haya hecho. Así que, si ustedes dicen que Dios es su Padre, deben honrarlo en este mundo todos los días de su vida. Porque Dios los libró de ese modo de vida, que es poco provechoso, y que ustedes aprendieron de sus antepasados. Y bien saben ustedes que, para liberarlos, Dios no pagó con oro y plata, que son cosas que no duran; al contrario, pagó con la sangre preciosa de Cristo. Cuando Cristo murió en la cruz, fue ofrecido como sacrificio, como un cordero sin ningún defecto. Esto es algo que Dios había decidido hacer desde antes de crear el mundo, y Cristo apareció en estos últimos tiempos para bien de ustedes. Por medio de Cristo, ustedes creen en Dios, quien lo resucitó y le dio un lugar de honor en su reino. Por eso ustedes han puesto su confianza en Dios, y están seguros de que él les dará todo lo que les ha prometido.
Ahora ustedes obedecen el verdadero mensaje de Dios, y Dios los ha limpiado de todo pecado para que se amen unos a otros sinceramente, como hermanos. Así que, ámense muchos unos a otros, con todo su corazón y con todas sus fuerzas. Dios les ha cambiado su modo de vivir. Es como si ustedes hubieran vuelto a nacer, no de padres humanos, que finalmente mueren, sino gracias al mensaje de Dios. Y es que ese mensaje de vida y nada puede destruirlo.
Pues la Biblia dice:
Todo ser humano es como la hierba;
Y su grandeza es como las flores;
La hierba se seca,
Y las flores se caen,
Pero la Palabra del Señor
Permanece para siempre.

Y esa Palabra es la buena noticia que el Señor Jesucristo les ha enseñado.
Aquí puedes darte cuenta que el plan de Dios, que envió a su Hijo Jesús al mundo, a entregarse a si mismo y morir en la cruz y resucitó para redimir al hombre de sus pecados, pero es necesario que el hombre se arrepienta y obedezca sus mandatos para que tenga una nueva vida.
No obstante, es imprescindible que el hombre ponga su confianza en Nuestro Señor Jesucristo y aunque se vivan tiempos difíciles, el plan que Dios se cumple pues Dios con  su poder ha dado la salvación al hombre para que sea parte de su pueblo.
Por tanto, aunque el hombre pase dificultades , con su confianza en Dios vence la adversidad, pero es necesario que el hombre esté atento y piense bien lo que haga y que sea lo correcto, que viva apartado del mal, y que más bien mantenga una actitud  diferente a los demás, y que con su comportamiento diario honre a Dios.
Así pues, el hombre regenerado debe recordar que por la sangre preciosa de nuestro Señor Jesucristo ha cambiado su manera de vivir pues el mensaje de Dios, su Palabra es la fuente de vida y permanece para siempre y enseña al hombre a hacer lo bueno. 

Con Alta Estima,

Nuevo trabajo: la construcción del templo de Dios y últimas instrucciones


Cuando David ya era un anciano, eligió a su hijo Salomón para que fuera rey de Israel. David le  había dicho al pueblo: El Dios de Israel le ha dado tranquilidad a su pueblo y ha decidido vivir para siempre en Jerusalén. Los ayudantes de los sacerdotes ya no necesitan transportar la carpa de Dios ni los utensilios que se usan en el culto.
Por eso, David reunió a todos los jefes de Israel, a los sacerdotes y a sus ayudantes, y les dio a conocer sus últimas decisiones con respecto a estos ayudantes. Ellos quedarían bajo las órdenes de los sacerdotes, que eran descendientes de Aarón, y los ayudarían en el trabajo del templo.
David también decidió contar a todos los ayudantes mayores de treinta años; para organizarlos y repartirles los trabajos del templo.
En total se contaron treinta y ocho mil ayudantes, y su trabajo fue distribuido de la siguiente manera: Veinticuatro mil para dirigir el trabajo en el templo; seis mil serían asistentes y jueces; cuatro mil vigilarían las entradas del templo, y cuatro mil serían cantores y músicos encargados de la alabanza a Dios con instrumentos musicales que David había hecho. Todos estos ayudantes eran descendientes de Leví.
Luego, David hizo una lista de los descendientes de Leví que eran mayores de veinte años y jefes de sus grupos familiares, y los dividió en tres, según los hijos que tuvo Leví: Guersón, Quehat y Merarí.
Guersón tuvo dos hijos: Ladán, Simí. Simí tuvo siete hijos: Selomit, Hazlel, Harán, Jáhat, Ziza, Jeús, Beriá. Como los dos menores, Jeús y Beriá, no tuvieron muchos hijos, fueron contados y registrados como si fueran una familia..

Quehat tuvo cuatro hijos: Amram, Ishar, Hebrón, Uziel.
 Amram tuvo dos hijos: Aarón, Moisés.
Aarón y sus descendientes fueron elegidos por Dios para que siempre presentaran ante él las ofrendas más sagradas, quemaran el incienso, y sirvieran y bendijeran al pueblo en el nombre de Dios.
Moisés y sus descendientes fueron contados como parte de la tribu de Leví. Moisés tuvo dos hijos: Guersón, Eliézer.
El hijo mayor de Guersón fue Sebuel. Eliézer sólo tuvo un hijo llamado Rehabías, quien tuvo muchos hijos. El hijo mayor de Ishar fue Selomit.
Hebrón tuvo cuatro hijos; sus nombres, del mayor al menor, fueron: Jerías, Amarías, Jehaziel, Jecamán.
Uziel tuvo dos hijos; sus nombres del mayor al menor, fueron: Micaías, Isías.
Merarí tuvo dos hijos: Mahli, Musi. Mahli tuvo dos hijos: Eleazar, Quis
Eleazar nunca tuvo hijos varones, y las hijas que tuvo se casaron con sus primos, los hijos de Quis.
Musí tuvo tres hijos: Mahlí, Eder, Jeremot.
Así fue como quedaron inscritos todos estos ayudantes, quienes quedaron a las órdenes de los sacerdotes para ayudarlos en el templo de Dios. De acuerdo al turno y la tares que les había tocado, los distintos grupos de ayudantes cumplían con estos trabajos: Cuidar y limpiar los patios del templo, los cuartos y todos los utensilios sagrados.
Ayudar en cualquiera de los cultos que se hacían en el templo.
Tener listo todo lo que se usaba en las ofrendas: el pan santo, la harina, las hojuelas de pan sin levadura, las ofrendas cocidas, la masa y los instrumentos que se usaban para pesar y medir.
Estar presentes en el templo, por la mañana y por la tarde, para dar gracias y alabar a Dios.
Ayudar a los sacerdotes siempre que se presentaban las ofrendas quemadas en honor de Dios, es decir, los sábados, los días de luna nueva y los de fiesta.

Aarón tuvo cuatro hijos: Nadab, Abihú, Eleazar, Itamar
Aarón y sus descendientes fueron los encargados de todos los trabajo sacerdotales. Pero como Nadab y Abihú murieron antes que su padre, y no tuvieron hijos, Eleazar e Itamar se hicieron cargo del trabajo sacerdotal.
Después de hacer un sorteo, David, Sadoc y Ahimélec les asignaron turnos a los sacerdotes para que prestaran sus servicios. Lo hicieron así porque tanto entre los descendientes de Eleazar como entre los de Itamar había sacerdotes muy importantes dedicados al servicio del templo.
Uno de los ayudantes de los sacerdotes, llamado Semaías hijo de Natanael, fue el encargado de anotar todos los nombres en una lista oficial; el rey, los jefes, los sacerdotes Sadoc y Ahimélec, y los jefes de los grupos sacerdotales y de los grupos de ayudantes, fueron testigos de cómo se escribió esta lista.
Como había más sacerdotes descendientes de Eleazar que de Itamar, se asignaron más turnos a los jefes de Eleazar. A los de Itamar se les asignaron ocho turnos, y a los de Eleazar, dieciséis. Según el sorteo que se hizo, este es el orden: Jolarib, Jedaías, Harim, Seorim, Malquías, Mijamín, Cos, Abías, Jeús, Secanías, Eliasib, Jaquím, Hupa, Jeseba, Bilgá, Imer, Hezir, Pisés, Petahías, Hezequiel,Jaquín, Gamul, Delaías, Maazías.
De acuerdo a este orden, estos sacerdotes se fueron turnando para servir en el templo; tal como lo había ordenado el Dios de Israel por medio de Aarón.
Hubo otros ayudantes que también fueron asignados por sorteo para servir en el templo. Y tanto los sacerdotes como estos ayudantes fueron tratados de igual manera. También en este caso el rey David, Sadoc, Ahimélec y los jefes de los grupos familiares de los sacerdotes  y de los descendientes de Leví, fueron testigos de cómo se hizo el sorteo.
Esta es la lista de sus nombres y del grupo al que pertenecían:
Subael, descendiente de Amram;
Jehedías, descendiente de Subael;
Isías, descendiente de Rehabías.
Isías era el principal de ellos.
Selomot, descendiente de Ishar;
Jáhat, descendiente de Selomot;
Jerías, Amarías, Jahaziel, Jecamán; los cuatros anteriores eran descendientes de Hebrón:
Micaías, descendiente de Uziel; Samir, descendiente de Micaías; Isías, hermano de Micaías, Zacarías, descendiente de Isías; Mahil, Musí, descendiente de Merarí; Sóham, Zacur, Ibrí, descendientes de Jaazías, hijo de Merarí.
Eleazar, descendiente de Mahli, hijo de Merarí. Eleazar no tuvo hijos.
Jerahmeel, descendiente de Quis, hijo de Merarí; Mahli, Eder, Jerimot, descendientes de musí.

David y los jefes encargados del templo apartaron a Asaf, Hernán y Jedutún, junto con todos sus hijos, para que se encargaran de la música de los cultos. Estos músicos comunicaban mensajes de Dios por medio de sus cantos o acompañados por instrumentos musicales, y estaban bajo las órdenes directas del rey David. Asaf, Hernán y Jedutún dirigían a sus hijos cuando alababan a Dios en el templo, acompañados de arpas, platillos y otros instrumentos de cuerdas. Esta es la lista de sus nombres:
Los hijos de Asaf: Jacur, José, Netanías, Asarela.
Los hijos de Jedutún: Guedalías, Serí, Isaías, Simí, Hasabías, Matatías.
Los hijos de Hernán: Buquías, Matanías, Uziel, Sebuel, Jeremot, Hananías, Hananí, Eliatá, Guidalti, Romamti.ézer, Josbecasa, Malotí, Hotir, Mahaziot.
Estos catorce hombres, junto con sus tres hermanas, formaban la familia de Hernán, y por eso llegó a ser muy poderoso, pues así se lo había prometido Dios.
Los que estaban entrenados para cantar a Dios fueron en total doscientos ochenta y ocho. Estos se turnaron, por medio de un sorteo, para prestar su  servicio, sin importar que fueran adultos o jóvenes, maestros o estudiantes. Se organizaron en grupos de doce; cada grupo estaba compuesto por el jefe de la familia, sus hijos y hermanos. Cada grupo tenía el nombre del juefe de familia; este es el orden en que les tocó servir: José, Guedalías, Zacur, Isrí, Netanías, Buquías, Jesarela, Isaías, Matanías, Simí, Azarel, Hasabías, Subael, Mtatías, Jeremot, Hananías, Josbecasa, Hananí, Malotí Eliatá, Hotir, Guidalti, Mahaziot, Romamti-ézer.

Los encargados de vigilar las entradas del templo de Dios también hicieron un sorteo para repartir los turnos de vigilancia. Así, los turnos se asignaron sin importar de qué familia era el vigilante, pues todos fueron tratados  de la misma manera en que fueron tratados los ayudantes de los sacerdotes. Quedaron repartidos de acuerdo al siguiente orden:
Del grupo familiar de Coré: Meselemías, hijo de Coré y nieto de Asaf, y sus siete hijos: Zacarías, Jediael, Zebadías, Jatniel, Elam, Johanán, Eliehoenai.
Obed-edom y sus ocho hijos: Semaías, Jozabad, Joah, Sacar, Natanael, Amiel, Isacar, Peultai.
Semaías y sus seis hijos: Otní, Rafael, Obed, Elzabad, Elihú, Samaquías.
Estos seis fueron los jefes de sus grupos familiares. Obed-edom tuvo entonces sesenta y dos descendientes, pues Dios lo bendijo dándole muchos hijos. Los hijos y hermanos de Meselemías que sirvieron como vigilantes fueron dieciocho en total. Todos estos fueron hombres famosos por la valentía que mostraban como vigilantes del templo.
Del grupo familiar de Meraría: Hosá y sus hijos: Simrí, Hilquías, Tebalías, Zacarías.
Los hijos y hermanos de Hosá fueron en total trece. Hosá nombró a Simrí como el jefe, aunque este no era su hijo mayor.
Cada día los que vigilaban las entradas se repartían de la siguiente manera: Seis hombres en la
entrada del este, entre los que estaba Selemías.
Cuatro hombres en la entrada del norte, entre los que estaba un consejero sabio llamado Zacarías hijo de Selemías.
Cuatro hombres en la entrada del sur, para vigilar las dos bodegas que allí había. Dos hombres para cada bodega; entre ellos estaban Obed-edom y sus hijos.
Cuatro hombres en la entrada del oeste. Esta entrada estaba junto a la gran cuesta que lleva al patio oeste, y se le llamaba Saléquet. Entre estos vigilantes estaban Supím y Hosá.
Dos hombres para vigilar el patio oeste.
Otros hombres de la tribu de Leví cuidaban los tesoros del templo y las ofrendas especiales que el profeta Samuel, el rey Saúl, el oficial Abner y el oficial Joab habían dado para Dios. Entre esas ofrendas también estaba parte del botín de guerra que el rey David, los jefes de las tribus, y todos los jefes del ejército habían entregado para los gastos del templo de Dios.

Entre estos vigilantes había descendientes de Guersón hijo de Moisés, y descendientes de Amram, Zetam y Joel. Unos eran hijos de Jehiel y nietos de Ladán, otros era hijos de Ishar, Hebrón y Uziel, descendiente de Amram. Otros eran descendiente s de Eliézer, el hermano de Guersón, entre los cuales estaban Rehabías, Isaías, Joram, Zicrí y Selomit. Como jefe de todos estos tesoreros nombraron a Sebuel, descendiente de Guersón.
Quenanías y sus hijos fueron los líderes y jueces encargados de los asuntos del gobierno, y no trabajaban en el templo. Ellos eran descendientes de Ishar.
Hasabías, que era descendiente de Hebrón, tenía un total de mil setecientos parientes. Todos eran hombres muy valientes, que estaban encargados de todos los asuntos religiosos y políticos  de los israelitas que vivían al oeste del Jordán. .

Cuando David tenía ya cuarenta años gobernando, ordenó que se revisaran las listas de los descendientes de Hebrón. El rey se dio cuenta de que entre esos descendientes había en Jazer de Galaad hombres muy valientes. El jefe de todos esos hombres era Jerías, y en total sumaban dos mil setecientos jefes de familia. Entonces el rey David les puso a cargo de todos los asuntos religiosos y políticos de las tribus de Rubén, Gad y la media tribu de Manasés.

El ejército de Israel estaba formado por doce grupos, que se turnaban para servir al rey una vez al año. Cada grupo estaba formado por veinticuatro mil hombres, entre los que había jefes de grupos familiares y oficiales del ejército.
Esta es la lista de los jefes de los grupos familiares que cada mes prestaban sus servicios al rey:
Primer mes: Jasobeam hijo de Zabdiel, descendientes de Fares.
Segundo mes: Dodai el ahobita, y su ayudante Miclot.
Tercer mes: Benaías hijo del jefe de los sacerdotes Joiadá, y jefe de los treinta valientes, pero en realidad, su hijo Amizabad era el jefe del grupo.
Cuarto mes: Asael hermano de Joab; luego ocupó su lugar su hijo Zebadías.
Quinto me: Sambut el israíta.
Sexto mes:Irá hijo de Iqués, el tecoíta.
Séptimo mes: Heles el pelonita, descendiente de Efraín.
Octavo mes: Sibecai el de Husá, descendiente de los zarjitas.
Noveno mes: Ebiézer el de Anatot, descendiente de Benjamín.
Décimo mes: Maharaí el de Netofá, descendiente de los zarjítas.
Décimo primer mes; Benaías el de Piratón, descendiente de Efraín.
Duodécimo mes: Heidai el de Netofá, descendiente de Otoniel.

Esta es la lista de los jefes de las tribus de Israel: Eliézer hijo de Zicrí, de la tribu de Rubén
Segatías  hijo de Maacá, de la tribu de Leví.
Elihú, hermano de David, de la tribu de Judá.
Omrí hijo de Micael, de la tribu de Isacar.Ismaías hijo de Abdías, de la tribu de Zabulón.
Jerimot hijo de Azriel, de la tribu de Neftalí.
Oseas hijo de Azazías, de la tribu de Efraín.
Joelhijo de Pedaías, de la tribu de Efraín.
Joel hijo de Pedaías, de la media tribu de Manasés.
Idó hijo de Zacarías, de la otra media tribu de Manasés de Galaad.
Jaasiel hijo de Abner, de la tribu de Benjamín.
Azarei hijo de Jeroham, de la tribu de Dan.
Además, Sadoc fue el jefe de los descendientes de Aarón.
Como Dios había prometido que los israelitas se multiplicarían tanto que nadie los podría contar, David no hizo una lista de los que eran menores de veinte años. Y aunque Joab había comenzado a contarlos, no pudo terminar, porque Dios envió una enfermedad sobre los israelitas como castigo. Por esta razón, en el libro que narra los hechos más importantes del reinado de David nunca se anotó cuántos eran.

Esta es la lista de los que estaban encargados de cuidar y administrar las propiedades del rey David:
Azmávet hijo de Adiel: Era el principal tesorero.
Jonatán hijo de Ozías: Cuidaba los tesoros que estaban guardados en diferentes lugares del territorio de Israel. Ezrí hijo de Quelub: Era el jefe de los campesinos que cultivaban las tierras del rey.
Simí de Ramat: Administraba y cuidaba los viñedos.
Zabdí de Sefam: Era el encargado de llevar el vino a las bodegas.
Baal-hanán de Guederá: Administraba los olivares y los árboles de higos silvestres que había en la llanura.
Joás: Cuidaba los depósitos de aceite.
Sitrai de Sarón: Atendía el ganado que pastaba en Sarón.
Safat hijo de Adlai: Cuidaba el ganado que pastaba en los valles.
Obil el ismaelita: Vigilaba los camellos.
Jehedías de Meronot: Era el encargado de cuidar las burras.
Jaziz el agareno: Era el encargado de cuidar las ovejas.
Estos son los hombres que ayudaban a David en otros trabajos:
Jonatán el ti de David: Era secretario, y un sabio consejero.
Jehiel hijo de Hacmoni: Cuidaba siempre de los hijos del rey.
Ahitófel: Era consejero del rey, luego ocuparon su lugar Joiadá hijo de Benaías, y Abiatar.
Husai el arquita: Consejero y amigo del rey.Joab: Era el jefe del ejército.

David reunió en Jerusalén a todos los jefes y autoridades de Israel. Cuando todos estaban reunidos, David se puso de pie y les dijo: Compatriotas y líderes de mi pueblo, escúchenme con atención: Yo quería construirle un lugar permanente al cofre del pacto, para que allí nuestro Dios reinara; y ya estaba preparado para hacerlo.
Nuestro Dios decidió que de la tribu de Judá saldría un rey que gobernaría por siempre en Israel. Por eso eligió a mi familia, y de entre todos mis hermanos me eligió a mí. A pesar de esto, Dios no me permitió construirle el templo, porque yo había participado en muchas guerras y había matado a mucha gente.
Sin embargo, de entre todos los hijos que Dios me ha dado, él eligió a Salomón como rey para que gobierne en su nombre sobre Israel. Además, Dios me prometió que Salomón construirá el templo y sus salones, y que lo tratará como a un hijo. Y si Salomón se esfuerza y obedece todos sus mandamientos como lo hace ahora, Dios hará que su reino sea firme y permanezca para siempre.
Dios y todo Israel son testigos de lo que estamos haciendo. Por eso, en este día, delante de ellos, les pido a ustedes, los líderes del pueblo, que respeten y obedezcan todos los mandamientos de Dios, sólo así seguirán viviendo en esta tierra fértil, y  podrán dejársela a sus hijos para siempre.
Luego el rey David se volvió a su hijo Salomón y le dijo:
Salomón, hijo mío, Dios conoce todos tus pensamientos, y sabe cuáles son tus intenciones en todo momento. Por eso, obedécelo con amor y de buena gana. El siempre responderá tus peticiones; pero si no lo obedeces, él te rechazará para siempre.
No olvides que Dios te eligió para construir su templo. Por eso, ¡sé fuerte y ponte a trabajar!
Entonces David le entregó a su hijo Salomón los planos que había hecho para la construcción del templo. Los planes seguían las instrucciones de Dios para construir todos los edificios, salones, cuartos y patios del templo. En los cuartos de alrededor se guardarían los utensilios, tesoros y ofrendas especiales, y también dormirían los sacerdotes y los ayudantes que vendrían por turnos a trabajar en el templo.
David también le entregó a Salomón el oro y la plata necesarios para hacer todos los utensilios y muebles que se usarían para los cultos del templo; le indicó el peso que debían tener, y el material que debían usar para fabricarlos. Esta es la lista de algunos de los muebles y utensilios: los candelabros y sus lámparas; las mesas donde se pondría el pan consagrado, los tenedores, los tazones, las jarras y las copas; el altar del incienso y el carro que serviría para mover los querubines que, con sus alas extendidas, cubrirían el cofre del pacto de Dios.
Además, David le indicó a Salomón quiénes quedarían bajo sus órdenes y lo ayudarían a construir el templo: los sacerdotes y sus ayudantes, que por turnos prestarían sus servicios en el templo de Dios; los obreros expertos en trabajos manuales; los jefes y todo el pueblo en general.
Luego, David le dijo a Salomó ¡Sé fuerte y valiente! ¡Cumple con tu trabajo y construye el templo de Dios! ¡No tengas miedo ni te desanimes, porque Dios siempre estará contigo! El no te dará la espalda ni te abandonará.

Luego, el rey David le dijo a toda la gente que se había reunido: Dios eligió a mi hijo Salomón para que le construya el templo, sin embargo, él todavía está muy joven y no tiene experiencia para hacer un trabajo tan importante. ¡El construirá el templo para nuestro Dios, y no se trata de la construcción de un palacio ordinario!
Con muchos sacrificios he podido juntar los materiales necesarios para destruir el templo de mi Dios: oro, plata, bronce, hierro y madera para los muebles y utensilios que deben ser confeccionados. También he reunido muchísimas piedras preciosas de toda clase.
Es tan grande mi amor por este templo para mi Dios, que además de todo lo que ya he reunido, voy a entregar de mis propias riquezas lo siguiente: cien mil kilos del oro más fino que existe, y doscientos treinta mil kilos de plata fina, para recubrir las paredes del templo y sus edificios, y para los muebles y utensilios que harán los artesanos.
¿Quién de ustedes quiere demostrar hoy su amor a Dios, dando una ofrenda para la construcción del templo?

Entonces todos los jefes de Israel y las altas autoridades del reino dieron de buena voluntad las siguientes ofrendas: Ciento sesenta y cinco mil kilos y diez mil monedas de oro, trescientos treinta mil kilos de bronce, tres millones trescientos mil kilos de hierro.
Además, los que tenían piedras preciosas se las entregaron a Jehiel, descendiente e Guersón, que era el encargado de la tesorería del templo.
El rey David y todo el pueblo estaban muy contentos porque todos dieron con sinceridad.
Y aprovechando que tenía al pueblo reunido, David bendijo a Dios con estas palabras:
¡Bendito seas, Dios de Israel;
Dios de nuestro antepasado Jacob;
bendito seas para siempre!
 ¡Dios mío, a ti te pertenecen
la grandeza y el poder, la gloria, el dominio y la majestad!
Porque todo lo que existe es tuyo.
¡Tú reinas sobre todo el mundo!
Tú das las riquezas y el honor,
Y tú dominas a todas tus criaturas.
Tuyos son el poder y la fuerza,
Y das grandeza y poder a todos.
Por eso es que hoy, Dios
Nuestro,
Te damos gracias,
Y alabamos tu nombre glorioso.
Dios nuestro, todas estas riquezas que hemos dado para construirte un templo, en realidad te pertenecen a ti. Son tuyas; tú nos diste todo, y ahora sólo te regresamos lo que de ti, mi pueblo y yo somos como gente sin patria, que va de un lado a otro, como antes lo hicieron nuestros antepasados. Nuestra vida es como una sombra sobre la tierra, sin esperanza alguna.
Sabemos que ninguno de nosotros merece reconocimiento por las ofrendas que hemos traído. Yo sé, Dios mío, que tú das cuenta de nuestras intenciones y que te gusta que seamos sinceros. Por eso me da una gran alegría saber que tu pueblo y yo te hemos presentado nuestras ofrendas, de buena voluntad y con toda sinceridad.
Dios de nuestros antepasados Abraham, Isaac y Jacob haz que tu pueblo tenga siempre esta manera de pensar y de sentir, y que te ama con todo el corazón. Y te pido que le des a mi hijo Salomón el profundo deseo de obedecer y poner en práctica todos tus mandamientos; también te pido que le permitas construir el templo con estos materiales que he reunido.
Cuando terminó, David le dijo al pueblo: ¡Bendigan y alaben a dios! Entonces todo el pueblo, inclinándose ante Dios y ante el rey, bendijo y alabó al Dios de sus antepasados.

Al día siguiente le presentaron a Dios, en nombre de todo Israel, muchísimos animales para sacrificarlos y quemarlos en su honor: mil toros, mil carneros y mil corderos, con sus ofrendas de vino.
Ese día derramaron aceite sobre la cabeza de Salomón, para nombrarlo sucesor del rey David; lo mismo hicieron con Sadoc, para nombrarlo sacerdote. Esa fue la segunda ocasión en que todo el pueblo reconoció a Salomón como su rey, y todos comieron y bebieron con mucha alegría delante de Dios.
Así pues, Salomón reinó en lugar de David, su padre. Todos los jefes del pueblo, los soldados más valientes, y todos los hijos del rey David, fueron leales y apoyaron al rey Salomón. Todo el pueblo de Israel le obedeció, y así, su reino fue firme y exitoso.
Dios hizo que Salomón fuera grande, poderoso y famoso ante su pueblo, como no fue ningún otro rey de Israel.

David hijo de Jesé reinó sobre todo Israel durante cuarenta años, siete de los cuales vivió en Hebrón, y los treinta y tres restantes, en Jerusalén.
David murió tranquilamente cuando ya era muy anciano, lleno de riquezas y honores. En su lugar reinó su hijo Salomón.
Los hechos más importantes de la historia del rey David, desde el principio hasta el fin, están escritos en los libros de los profetas Samuel, Natán y Gad. En ellos se narran no sólo los hechos más importantes con respecto al poder y valentía de David, sino también lo que le pasó a Israel y a sus países vecinos.

Aquí puedes darte cuenta que lo más importante para Dios es que el hombre sea obediente a sus mandamientos y los ponga en práctica en su vida, para que sus descendientes agraden a Dios.

No obstante, Dios elige al hombre que El quiere que le sirva pues El conoce los deseos y mira el corazón de cada persona, pero es necesario que el hombre construya una nueva vida,  que cambie su manera de vivir y sea su conducta sincera y con un corazón humilde, pues es templo del Espíritu de Dios.

Asi también el hombre debe entender que Dios da instrucciones y el hombre obediente las sigue pero sabes, el hombre no debe impone órdenes a otros que no vienen de El, sino más bien el hombre obedece la voluntad de Dios, pues los planes de Dios son mejores.

Por tanto, lo esencial es que el hombre ame y alabe a Dios y entonces el hombre vivirá tranquilo pues esa paz sólo viene del Dios Altísimo


Con Alta Estima,

miércoles, 5 de agosto de 2015

Cumplan más con su palabra. Cuando digan Sí, que sea sí y cuando digan no, que sea no

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Ahora escúchenme ustedes, los ricos: lloren y griten de dolor por todo lo que muy pronto van a sufrir. Sus riquezas se pudrirán, y la polilla les comerá la ropa. El dinero que han estado juntando en estos últimos tiempos se oxidará, y ese óxido será el testigo que los acusará en el juicio final, y que los destruirá como un fuego.

Ustedes no les han pagado el sueldo y sus trabajadores, y el Señor todopoderoso ha oído las protestas de ellos. Ese dinero que no han pagado también los acusará delante de Dios.

Ustedes los ricos han vivido con mucho lujo, y se han dado la gran vida en esta tierra. Han engordado tanto que parecen ganado listo para el matadero. Injustamente han acusado y matado a personas inocentes, que ni siquiera podían defenderse.

Pero ustedes, hermanos, tengan paciencia y no se desesperen, pues ya pronto viene Cristo el Señor. Hagan como el campesino, que con paciencia espera la lluvia, y también espera que la tierra le dé buenas cosechas. No se quejen unos de otros, para que Dios no los castigue, pues él es nuestro juez, y ya pronto viene.

Sigan el ejemplo de los profetas, que hace mucho tiempo anunciaban el mensaje de Dios. Nosotros los admiramos porque fueron pacientes y soportaron el sufrimiento. Y seguramente se acuerdan de Job, y de cómo soportó con valor los sufrimientos y, al final, Dios lo trató muy bien. Y es que Dios es muy bueno y amoroso con los que sufren.

Sobre todo, queridos hermanos, no juren ni por el cielo ni por la tierra, ni por ninguna otra cosa. Cumplan más con su palabra. Cuando digan Sí, que sea sí y cuando digan no, que sea no. ¡No vaya a castigarlos Dios por no cumplir con su palabra!

Si alguno de ustedes está triste, póngase a orar. Si está alegre, alabe a Dios con cánticos. Si alguno está enfermo, que llame a los líderes de la iglesia, para que oren por él, entonces ellos le untarán aceite y le pedirán al Señor que lo sane. Si oran con confianza, Dios les responderá y sanará al enfermo, y si ha pecado también lo perdonará.

Por eso, confiesen sus pecados unos a otros, y oren unos por otros, para que Dios los sane. La oración de una persona buena es muy poderosa, porque Dios la escucha. Por ejemplo, el profeta Elías era en todo igual a todos nosotros; pero le pidió a Dios con mucha confianza que no lloviera, ¡y durante tres años y medio no llovió sobre la tierra! Después volvió a orar, ¡y llovió y la tierra dio sus cosechas!

Hermanos en Cristo, si alguno de ustedes deja de confiar en la verdad que ha aprendido, y otro le devuelve la confianza, quiero que sepan esto: quien hace que un pecador deje de pecar, salva de la muerte al pecador y logra que Dios le perdone sus muchos pecados.

Aquí puedes darte cuenta que es esencial que el hombre sea justo y que aunque tenga riquezas, estas sean usadas para el bien y sean de ayuda a otros con menos recursos, pues lo fundamental es que el hombre busque a Dios y enseñe su mensaje a otros, que el hombre esté preparado y se empape del conocimiento de Dios para que esté listo para llevar el mensaje de Dios a los que no le conocen.

Asimismo, es importante que el hombre cumpla con su Palabra, que su si o su no sea  firme, que se aparte del pecado y Dios sana su vida, renueva su mente y purifica su corazón.

Así pues, lo fundamental es que el hombre confíe en la verdad, que confíe en el Señor Jesús pues El pronto volverá.


Con Alta Estima,

martes, 4 de agosto de 2015

Deben tomar una decisión: o Dios, o el mundo de pecado.


¿Saben por qué hay guerras y pleitos entre ustedes? ¡Pues porque no saben dominar su egoísmo y su maldad! Son tan envidiosos que quisieran tenerlo todo, y cuando no lo pueden conseguir, son capaces hasta de pelear, matar y promover la guerra. ¡Pero ni así puedes conseguir lo que quieren!
Ustedes no tienen, porque no se lo piden a Dios. Y cuando piden, lo hacen mal, porque lo único que quieren es satisfacer sus malos deseos. Ustedes no aman a Dios, ni lo obedecen. ¿Pero acaso no saben qué hacerse amigo del mundo es volverse enemigo de Dios? ¡Pues así es! Si ustedes aman lo malo del mundo, se vuelven enemigos de Dios, ¿Acaso no creen que, como dice la Biblia, Dios nos ama mucho? En realidad, Dios nos trata con mucho más amor, como dice la Biblia: Dios se opone a los orgullosos, pero brinda su ayuda a los humildes.

Por eso, obedezcan a Dios. Háganle frente al diablo, y él huirá de ustedes. Háganse amigos de Dios, y él se hará amigo de ustedes.

¡Pecadores, dejen de hacer el mal! Los que quieren amar a Dios, pero también quieren pecar, deben tomar una decisión: o Dios, o el mundo de pecado. Pónganse tristes y lloren de dolor. Dejen de reír y pónganse a llorar, para que Dios vea su arrepentimiento. Sean humildes delante del Señor, y él los premiará.

Hermanos, no hablen mal de los demás. El que habla mal del otro, o lo critica, es como si estuvieran criticando a la ley de Dios, o hablando mal de ella. Lo que ustedes deben hacer es obedecer la ley de Dios, no criticarla. Dios es el único juez. El nos dio la ley, y es el único que puede decir si somos inocentes o culpables. Por eso no tenemos derechos de criticar a los demás.

Escúchenme, ustedes los que dicen: Hoy o mañana iremos a la ciudad; allí nos quedaremos todo un año, y haremos esto o aquello. Sin embargo, a ustedes les gusta hablar con orgullo, como si fueran dueños del futuro, y eso es muy malo. Si ustedes saben hacer lo bueno y no lo hacen, ya están pecando.

Aquí puedes darte cuenta que el hombre que no conoce a Dios siente vacío, siente carencias y piensa que necesita tener todo para sentirse satisfecho, pero sabes, lo que el hombre no ha entendido que sólo aceptando al Señor Jesús en su corazón, y arrepintiéndose de sus pecados el hombre recibe al Espíritu Santo en su ser interior y entonces fortalecido puede seguir en el camino correcto.

Por tanto, lo esencial es que el hombre tome la decisión voluntaria de aceptar a Jesús en su vida, dejar que El llene ese vacío existencial, y por ende, todas las demás cosas le serán añadidas.

No obstante, lo necesario es que el hombre muera a su “yo”, a su egoísmo, envidia, celos, críticas a los demás, es conveniente que el hombre obedezca sus mandatos y con Jesús en su vida el hombre lo tiene todo pues El brinda ayuda a los humildes de corazón.

Por tanto, el tiempo apremia, y el hombre debe decidirse ahora y escoger a Dios y seguir en el camino del bien y entonces Dios lo considera al hombre su amigo pues ha sido firme en sus convicciones y debe desechar los afanes del mundo que sólo lo llevan a la autodestrucción.

Así pues, el hombre que vive apegado a la Palabra de Dios, está nutrido espiritualmente, no critica a los demás pues entiende que sólo Dios es el único juez, por eso el hombre obediente solo hace lo bueno.


Con Alta Estima, 

lunes, 3 de agosto de 2015

Los que tienen la sabiduría que viene de Dios, no hacen lo malo.


Hermanos en Cristo, no debemos de ser todos maestros, pues bien sabemos que Dios juzgará a los maestros más estrictamente que a los demás. Todos cometemos muchas faltas, ¿Quién, entonces es una persona madura? Sólo quien es capaz de dominar su lengua y de dominarse a sí mismo.
Al caballo podemos dominarlo, y hacer que nos obedezca, si le ponemos un freno en la boca. Algo parecido pasa con los barcos., Por grande que sea un barco, y por fuertes que sean los vientos que lo empujan, el navegante puede controlarlo con un timón muy pequeño. Y lo mismo pasa con nuestra lengua. Es una de las partes más pequeñas nuestro cuerpo, pero es capaz de hacer grandes cosas. ¡Es una llama pequeña que puede incendiar todo un bosque!

Las palabras que decimos con nuestra lengua son como el fuego. Nuestra lengua tiene mucho poder para hacer el mal. Puede echar a perder toda nuestra vida, y hacer que nos quememos en el infierno.
Podemos dominar toda clase de animales salvajes, de aves, serpientes y animales del mar, pero no hemos podido controlar nuestra lengua ni evitar decir palabras que dañen. La lengua parece una animal salvaje, que nadie puede dominar y que está lleno de veneno mortal.
Con nuestra lengua podemos bendecir o maldecir. Con ella alabamos a nuestro Dios y Padre, y también insultamos a nuestros semejantes, que Dios hizo parecidos a él mismo. Hermanos, ¡Esto no debe ser así!

De un mismo pozo no puede salir agua dulce y agua amarga o salada. Tampoco de higos un árbol de aceitunas, ni de uvas un árbol de higos.

Si algún de ustedes es sabio y entendido, demuéstrelo haciendo el bien y portándose con humildad. Pero si ustedes lo hacen todo por envidia o por celos, vivirán tristes y amargados; no tendrán nada de qué sentirse orgulloso, y faltarán a la verdad. Porque esa sabiduría no viene de Dios, sino que es de este mundo y del demonio, y produce celos, peleas, problemas y todo tipo de maldad.

En cambio, los que tienen la sabiduría que viene de Dios, no hacen lo malo; al contrario, buscan la paz, son obedientes y amables con los demás, se compadecen de los que sufren, y siempre hacen lo bueno, tratan a todos de la misma manera, y son verdaderos cristianos.

A los que buscan la paz entre las personas, Dios les premiará dándoles paz y justicia.

Aquí puedes darte cuenta que es necesario que el hombre madure, que demuestre que gobierna sus emociones y sobre todo que sea capaz de dominarse a sí mismo, que domine su lengua pues puede echar a perder su vida ya que tiene mucho poder para hacer lo malo pero el hombre que tiene la sabiduría de Dios, evita decir palabras que dañe e insulte a otros.

Por tanto, el hombre debe dominar su lengua, cuidar lo que dice y bendecir a otros pues lo esencial es que el hombre que cree en Dios, lo alaba y demuestra con su conducta humildad.

Así pues, es necesario que el hombre obedezca a Dios y busque la paz y siempre haga lo bueno.


Con Alta Estima