jueves, 10 de septiembre de 2015

Nuestro Dios es bueno y muy amoroso; si lo buscan no los rechazará.

Amasías tenía veinticinco años cuando comenzó a gobernar. La capital de su reino fue Jerusalén, y su reinado duró veintinueve años. Su madre era de Jerusalén y se llamaba Joadán.  Amasías obedeció a Dios, aunque no lo hizo con sinceridad.

Cuando Amasías llegó a ser un rey muy poderoso, mató a todos los que habían asesinado a su padre. Pero no mató a los hijos de los asesinos, sino que obedeció la ley de Moisés que dice: Los padres no deben morir por culpa de sus hijos, ni los hijos deben morir por culpa de sus padres. Cada persona debe morir por su propio pecado.

Amasías planeaba atacar a los habitantes de Edom, por lo que mandó llamar a todos los hombres mayores de veinte años que pertenecían a las tribus de Judá y de Benjamín. Los organizó de acuerdo a sus familias, y los puso bajo las órdenes de los jefes del ejército. Eligió un total de trescientos mil de los mejores soldados, muy hábiles en el uso de lanzas y escudos. Además, contrató a cien mil valientes soldados del reino de Israel, que pertenecían a la tribu de Efraín, y les pagó tres mil trescientos kilos de plata.

Sin embargo, un profeta le trajo este mensaje al rey: Dios no te ayudará si usas a esos soldados de Israel. Dios es el que concede la victoria o castiga con la derrota; si tú  insistes en reforzar tu ejército con la ayuda de ellos, Dios hará que tus enemigos te derroten.

Pero Amasías le respondió: Si les pido que se vayan, no recuperaré los tres mil trescientos kilos de plata que les di. El profeta le aseguró: Dios te dará mucho más que eso.
Entonces Amasías mandó de regreso a los soldados de la tribu de Efraín.  Ellos se enojaron muchísimo, y en su camino de regreso invadieron las ciudades de Judá, desde Samaria hasta Bet-horón; mataron como a tres mil personas, y se llevaron todas sus pertenencias. Luego regresaron a sus casas.

Mientras tanto, Amasías se llenó de valor, y acompañado de su ejército fue al Valle de la Sal y mató a diez mil hombres deEdom. A otros diez mil se los llevaron presos a la cima de una roca alta, y desde allí los echaron abajo. Todos murieron estrellados contra el suelo. Luego Amasías regresó a Jerusalén, y como se llevó consigo varias imágenes de dioses falsos, comenzó a adorarlos y a quemar incienso en su honor.

Dios se enojó mucho con Amasías, y envió un profeta con este mensaje para él: ¿Cómo es posible que ahora adores a dioses que no pudieron vencerte a ti cuando atacaste al pueblo que los adoraba? Todavía estaba hablando el profeta, cuando el rey lo interrumpió diciendo: ¡No necesito de tus consejos! ¡Cállate o te mueres!

Por último, el profeta le dijo: A pesar de lo que has hecho, no quieres escucharme. No hay duda de que Dios te ha abandonado, y de que va a destruirte. Después de consultar a sus consejeros, Amasías le envió un mensaje a Joás, rey de Israel, en el que le declaraba la guerra. Joás le contestó a Amasías: Una vez un pequeño arbusto le mandó a decir a un gran árbol: Dale tu hija a mi hijo, para que sea su esposa. Pero una fiera del Líbano pasó y aplastó al arbusto. No hay duda de que has vencido a Edom, y eso hace que te sientas orgulloso. Mejor alégrate en tu triunfo y quédate tranquilo en tu casa. No provoques un desastre, ni para ti ni para Judá.

Amasías no le hizo caso a Joás, y como había adorado a los dioses de Edom, Dios decidió castigarlo y permitió que sus enemigos lo derrotaran.

El rey Joás no tuvo más remedio que enfrentarse a Amasías en Bet-semes, que está en el territorio de Judá, y los soldados de Joás derrotaron a los de Amasías, quienes huyeron a sus casas.
Luego de capturar a Amasías, Joás fue a Jerusalén, y allí derribó ciento ochenta metros de la muralla de la ciudad, desde el Portón de Efraín hasta el Portón de la Esquina. Se apoderó de todo el oro, la plata y los objetos que había en el templo de Dios bajo el cuidado de Obed-edom, y también se adueñó de los tesoros del palacio. Tomó luego varios prisioneros y regresó a Samaria.
Amasías, rey de Judá, vivió quince años más que Joás, rey de Israel. Todo lo que hizo Amasías está escrito en el libro de la historia de los reyes de Judá.

Algunos hombres planearon matar a Amasías en la ciudad de Jerusalén, porque él se había olvidado de Dios. Entonces Amasías escapó a la ciudad de Laquis, pero lo persiguieron, y allí lo mataron. Su cuerpo fue cargado sobre un caballo y llevado a Jerusalén, la Ciudad de David, donde lo sepultaron en la tumba de sus antepasados.

Después de la muerte de Amasías, su hijo Ozías, a quien también llamaban Azarías, fue nombrado rey por todo el pueblo de Judá. Ozías tenía sólo dieciséis años cuando comenzó a gobernar. La capital de su reino fue Jerusalén, y su reinado duró cincuenta y dos años. Su madre era de Jerusalén, y se llamaba Jecolías.

Ocozías reconstruyó la ciudad de Elat y la volvió a hacer parte de Judá. El obedeció a Dios en todo, al igual que su padre Amasías. El profeta Zacarías le enseñó a Ozías a respetar y amar a Dios; mientras el profeta vivió, Ozías obedeció a Dios, y por eso Dios lo hizo prosperar.

Ozías se declaró en guerra contra los filisteos, y derribó las murallas de las ciudades de Gat, Jabnia y Asdod. En la ciudad de Asdod, así como en otras partes del territorio filisteo, Ozías construyó ciudades para su pueblo.

Dios no sólo ayudó a Ozías a derrotar a los filisteos; también lo ayudó a vencer a los árabes que vivían en Gur-baal, y también a los meunitas. ¡Hasta los amonitas le pagaban impuestos  a Ozías!
Ozías llegó a ser muy poderoso, y su fama llegó hasta las fronteras de Egipto. Fortaleció la ciudad de Jerusalén y construyó varias torres: una sobre el Portón de la Esquina, otra sobre el Portón del Valle, y una más sobre la Esquina. Además, cavó muchos pozos y construyó torres en el desierto, pues tenía mucho ganado, tanto en el desierto como en la llanura.

A Ozías le gustaba mucho cultivar la tierra; por eso tenía muchos campesinos que cultivaban los campos y viñedos, tanto en la región montañosa como en sus huertas.

El ejército de Ozías era muy poderoso, pues tenía un gran número de soldados, estaba bien organizado y tenía las mejores armas. El comandante Hananías les ordenó al secretario Jehiel y al asistente Maasías que hicieran una lista de los soldados. Según esa lista, el ejército estaba organizado en varios grupos militares, y contaba con dos mil seiscientos jefes de familias al mando de trescientos, siete mil quinientos soldados poderosos y valientes. Todos ellos estaban armados con escudos, lanzas, cascos, armaduras, arcos y hondas que Ozías mandó hacer.

Además, Ozías les ordenó a los hombres más inteligentes de su reino construir máquinas que pudieran disparar flechas y piedras grandes. Ellos las construyeron y las colocaron en las torres y en las esquinas de la muralla de Jerusalén. Dios hizo tan poderoso a Ozías que su fama se extendió por todas partes.

Ozías llegó a tener tanta fama y poder que se volvió orgulloso, y fue precisamente su orgullo lo que causó que un día entró en el templo y quiso quemar incienso en el altar, lo cual Dios permitía sólo a los sacerdotes. Pero entonces entró el sacerdote Azarías, junto con ochenta sacerdotes más, y con mucho valor se le enfrentaron al rey y le dijeron:
Solamente nosotros los sacerdotes podemos quemar el incienso, pues somos descendientes de Aaron y para eso nos eligió Dios. Usted no puede hacerlo, aunque sea el rey, así que ¡salga de inmediato!, pues ha ofendido a Dios, y él lo humillará.

Ozías estaba de pie, junto al altar, y a punto de quemar el incienso. Al oír a los sacerdotes, se enojó contra ellos, pero de inmediato, y ante la mirada de todos, su frente se llenó de lepra. Entonces los sacerdotes lo sacaron rápidamente del templo, y hasta el mismo rey se apresuró a salir, pues sabía que Dios lo había castigado.

Hasta el día de su muerte, el rey Ozías fue un leproso, y por eso tuvo que vivir en un cuarto separado del palacio. Ni siquiera podía ir al templo de Dios. Por eso su hijo Jotam se encargó de gobernar al pueblo.

Todas la historia de Ozías está escrita en el libro del profeta Isaías hijo de Amós. Cuando Ozías murió, lo enterraron en la tumba de sus antepasados, cerca del cementerio de los reyes, pero no fue enterrado en la tumba de los reyes porque había muerto de lepra. Luego Jotam, su hijo, reinó en su lugar.

Jotam tenía veinticinco años cuando comenzó a gobernar sobre Judá. La capital de su reino fue Jerusalén, y su reinado duró dieciséis años. Su madre se llamaba Jerusá, hija de Sadoc. Jotam obedeció a Dios en todo, y aunque siguió el ejemplo de su padre Ozías, no se atrevió nunca a quemar incienso en el templo. Sin embargo, permitió que la gente siguiera adorando a dioses falsos.

Jotam hizo construir el portón superior del templo de Dios y se dedicó a la construcción de la muralla del monte Ofel.  Además, construyó ciudades en la zona montañosa de Judá, y torres y fortalezas en los bosques. Derrotó en batalla al rey de los amonitas y durante tres años seguidos los amonitas le pagaron un impuesto anual de tres mil trescientos kilos de plata, mil toneladas de trigo y mil toneladas de cebada. Y como Jotam se comportó como a Dios le agrada, llegó a ser muy poderoso.
La historia de Jotam y de sus batallas, y la manera en que vivió, está escrita en el libro de la historia de los reyes de Israel y de Judá.

Jotam tenía veinticinco años cuando comenzó a gobernar sobre Judá. La capital de su reino fue Jerusalén, y su reinado duró dieciséis años. Cuando Jotam murió, lo enterraron en la Ciudad de David; Ahaz, su hijo, reinó en su lugar.
Ahaz tenía veinte años de edad cuando comenzó a gobernar sobre Judá. La capital de su reino fue Jerusalén, y su reinado duró dieciséis años. Pero Ahaz no obedeció a Dios, como si lo había hecho el rey David. Al Contrario, Ahaz siguió el mal ejemplo de los reyes de Israel, pues hizo imágenes de dioses falsos, y en su honor quemó incienso en el valle de Ben-hinom, ¡Incluso quemó a sus hijos y los ofreció en sacrificio! Esa era la vergonzosa costumbre de los países que Dios había echado lejos de los israelitas.

Ahaz mismo ofrecía sacrificios y quemaba incienso tanto en las colinas como debajo de los árboles en donde se adoraba a los dioses falsos. Por esta terrible desobediencia, Dios permitió que el rey de Siria conquistara Judá y se llevara muchos prisioneros a Damasco. También Dios dejó que el rey de Israel los derrotara y matara a mucha gente. En un solo día, Pécah hijo de Remalías mató a ciento veinte mil hombres valientes de Judá. Un soldado de la tribu de Efraín, que se llamaba Zicrí, mató a Maaseías, el hijo del rey. También mató a Azricam, que era el jefe del palacio, y a Elcaná, que era el asistente del rey con mayor autoridad en el reino.

Contando a las mujeres y a los niños, los soldados de Israel se llevaron prisioneras a doscientas mil personas de Judá; además, les quitaron muchísimas cosas y se las llevaron a Samaria. Cuando el ejército de Israel estaba a punto de entrar en Samaria, un profeta de Dios llamado Oded, le salió al frente y dijo: El Dios de sus antepasados está muy enojado contra los de Judá, y por eso ustedes han podido conquistarlos. Sin embargo, han sido tan crueles y violentos con ellos, que ahora Dios les va a pedir cuentas a ustedes. ¿Les parece poco lo que han hecho, que todavía quieren hacer que la gente de Judá y de Jerusalén sean sus esclavos y esclavas? ¿No les parece que ya han pecado bastante contra su Dios? ¡Escúchenme! Estos prisioneros son sus parientes, ¡déjenlos libres, antes de que Dios los castigue a ustedes!

Azarías hijo de Johanatán, Berequías hijo de Mesilemot, Ezequías hijo de Salum y Amasá hijo de Hadlai, eran los jefes de la tribu de Efraín. Al oír al profeta Obed, se volvieron a los soldados y les dijeron: No permitiremos que metan a estos prisioneros en la ciudad; lo que ustedes quieren hacer aumentará nuestras faltas ante Dios, que ya de por sí son muchas, y Dios nos castigará duramente.
Entonces los soldados reaccionaron, y delante de aquellos cuatro jefes y de todo el pueblo reunido, dejaron libres a los prisioneros y devolvieron todo lo que había tomado. Luego los cuatro jefes se encargaron de atender a los prisioneros. Tomaron la ropa y las sandalias, y se las devolvieron a los prisioneros que estaban desnudos. Todos recibieron ropa, comida y bebida, y algunos fueron curados de sus heridas con aceite. Finalmente, montaron en burros a todos los que no podían caminar, y los llevaron a Jericó, donde los entregaron a sus parientes. Después de eso regresaron a Samaria.
Ahaz siguió desobedeciendo a Dios, y dejó que la maldad creciera en Judá, y permitió que otra vez los edomitas los derrotaran y se llevaran a muchos prisioneros.

También dejó que los filisteos los atacaran, y que se apoderaran de las ciudades de Bet-semes, Aialón y Guederot, y también las ciudades de Socó, Timná y Guimzó, junto con los pueblos que las rodeaban.

Entonces Ahaz le pidió ayuda a Tiglat-piléser, que era el rey de Asiria. Incluso le envió como regalo todos los objetos de valor que encontró en el templo de Dios, en su palacio y en las casas de los principales jefes del pueblo. Sin embargo, el rey de Asiria, lejos de apoyarlo, también lo atacó y lo puso en una situación aún más difícil.

A pesar de haber sufrido tanto, el rey Ahaz fue aún más desobediente. Llegó al extremo de presentarle sacrificios a los dioses falsos de Damasco, pues pensaba que si esos dioses habían ayudado a los reyes de Siria a vencerlo, también lo ayudarían a él si los adoraba. Pero eso, en vez de ayudarlo, provocó su ruina y la de todo el reino.

Dios se enojó muchísimo con Ahaz, porque había destrozado los utensilios del templo de Dios, y había mandado a cerrar las puertas del templo. También había construido altares en todas las esquinas de Jerusalén y en las colinas de Judá, para adorar a dioses falsos.

Toda la historia de Ahaz, lo que hizo y la manera en que vivió, está escrita en el libro de la historia de los reyes de Israel y de Judá. Cuando Ahaz murió, lo enterraron en Jerusalén, la Ciudad de David, junto a la tumba de sus antepasados, pero no lo quisieron poner en el cementerio de los reyes de Israel.

Ezequías, su hijo, reinó en su lugar.
Ezequías tenía veinticinco años de edad cuando comenzó a gobernar sobre Judá. La capital de su reino fue Jerusalén, y su reinado duró veintinueve años. Su madre se llamaba Abí, era hija de Zacarías.

Ezequías obedeció a Dios, tal como lo había hecho el rey David. En el mes de Abid, del primer año de su reinado, Ezequías ordenó que las puertas del templo se abrieran y fueran reparadas. Después reunió a los sacerdotes y a sus ayudantes en el patio que estaba al este del templo, y les dijo: Escúchenme con atención: Es urgente que ustedes se preparen para honrar al Dios de sus antepasados y que preparen también su templo. Saquen de allí todo lo que a Dios no le agrada.

Nuestros antepasados dejaron de adorar a Dios y abandonaron su templo. Desobedecieron a nuestro Dios, pues cerraron las puertas de su templo y dejaron de adorarlo, apagaron las lámparas, dejaron de quemar incienso y no volvieron a presentar ofrendas en su honor.

Por eso Dios castigó a los habitantes de Judá y Jerusalén. Fue tan terrible el castigo, que no salíamos de nuestro asombro. Nuestros padres murieron en batalla, y nuestros enemigos se llevaron prisioneros a nuestros hijos, hijas y esposas.

Pero si hacemos un pacto con nuestro Dios, podremos volver a agradarle. Dios los ha elegido a ustedes para que estén siempre a su servicio, y para que lo adoren. Por eso ahora les pido, amigos míos, que no sean perezosos y cumplan con su deber.

Esta es la lista de los ayudantes de los sacerdotes que respondieron al llamado del rey:
De los descendientes que Quehat: Máhat hijo de Amasai, Joel hijo de Azarías.
De los descendientes de Merarí: Joah hijo de Zimá, Edén hijo de Joah.
De los descendientes de Elisafán: Simrí, Jehiel.
De los descendientes de Asaí: Zacarías, Matanías.
De los descendientes de Hernán: Jehiel, Simí.
De los descendientes de Jedutún: Semaías, Uziel.

El día primero, del mes de Abib, todos ellos obedecieron al rey, siguiendo las instrucciones de la ley de Dios. De inmediato reunieron a sus parientes, y todos se prepararon  para adorar a Dios. Luego los sacerdotes entraron en el templo para prepararlo. Encontraron muchos objetos que no agradaban a Dios, y los sacaron al patio del templo para que los ayudantes los tiraran al arroyo llamado Cedrón.
Tardaron ocho días en preparar la parte de afuera del templo, y otros ocho, para preparar el interior. El día dieciséis del mes de Abid terminaron de hacer todo esto. Luego fueron al palacio del rey Ezequías, y le dijeron: Ya terminamos de purificar el templo, incluyendo el altar de los sacrificios, la mesa de los panes y todos los utensilios. También hemos preparado y colocado ante el altar todos los utensilios que desechó el rey Ahaz cuando desobedeció a Dios.

Al día siguiente, muy temprano, el rey Ezequías reunió a los jefes más importantes de la ciudad y se fue con ellos al templo de Dios. Llevaron como ofrendas siete toros, siete carneros y siete corderos. También llevaron siete cabritos para pedir perdón a Dios por los pecados de la familia del rey, por los pecados del pueblo de Judá, y para hacer del templo un lugar aceptable para Dios.

El rey entregó los animales a los sacerdotes descendientes de Aarón, para que los sacrificaran sobre el altar de Dios. Y así lo hicieron los sacerdotes. Luego, con la sangre de los animales rociaron el altar. Como el rey les había ordenado que presentaran la ofrenda para el perdón del pecado de todo el pueblo, los sacerdotes tomaron los cabritos y le pidieron al rey a los que estaban reunidos con él, que pusieran las manos sobre los animales. Entonces los sacerdotes mataron a los cabritos y derramaron su sangre sobre el altar.

Mucho tiempo atrás, Dios les había indicado a David y a los profetas Gad y Natán, que los ayudantes de los sacerdotes debían adorarle con música. Entonces Ezequías les ordenó que se pusieran de pie en el templo de Dios, mientras que los sacerdotes tocaban las trompetas.
Por eso, en cuanto Ezequías dio la orden de que los sacerdotes empezaran a presentar los sacrificios, sus ayudantes comenzaron a tocar los platillos y las arpas, y otros instrumentos de cuerdas. Mientras terminaban de presentar los sacrificios, el pueblo adoraba a Dios de rodillas, el coro cantaba y los demás sacerdotes tocaban las trompetas.

Al terminar, el rey y todos los que estaban con él también se arrodillaron y adoraron a Dios. Entonces Ezequías y los principales jefes del pueblo ordenaron a los ayudantes de los sacerdotes que le cantaran a Dios los salmos de David y del profeta Asaf. Ellos obedecieron y cantaron con mucha alegría, y al final también se arrodillaron y adoraron a Dios.

Después de esto, Ezequías animó a la gente para que también llevaran al templo de Dios sacrificios y ofrendas de gratitud, como señal de que se habían comprometido a obedecer a Dios. Y todo el pueblo le llevó a Dios, con toda sinceridad, sacrificios y ofrendas de gratitud. Esta fue la cantidad de animales que presentaron para honrar a Dios: setenta toros, cien carneros y doscientos corderos. Además, presentaron como ofrenda un total de seiscientas reses y tres mil ovejas, para pedirle a Dios su bendición.

Cuando Ezequías les ordenó a los ayudantes de los sacerdotes que prepararan para adorar a Dios, ellos lo hicieron de inmediato; pero lo sacerdotes no lo hicieron así. Por eso, y como no había suficientes sacerdotes para ofrecer los sacrificios, sus ayudantes, que eran de la misma tribu, tuvieron que ayudarlos.

Así fue como se volvió a rendir culto a Dios en el templo. Y como Dios los había ayudado para que hicieran todo esto rápidamente. Ezequías y todo el pueblo se llenaron de alegría.

La fiesta de la Pascua no pudo celebrarse en el primer mes del año, como Dios lo había ordenado, porque no se habían preparado todos los sacerdotes que se necesitaban para ofrecer los sacrificios.
Entonces el rey Ezequías consultó a los jefes más importantes y a toda la gente de Jerusalén, para ver si les parecía bien celebrar la Pascua en el mes de Ziv de ese año. Y todos estuvieron de acuerdo.
Además Ezequías mandó una invitación escrita a todos los israelitas, es decir, a los de Judá y a los de Israel, y también a los de la tribu de Efraín, y de Manasés. Y así, todo israelita quedó invitado para celebrar la Pascua en el templo de Dios en Jerusalén.

Los mensajeros fueron entonces por todo el territorio llevando el siguiente mensaje escrito, de parte del rey y de los jefes más importantes: Israelitas, sólo ustedes han quedado con vida después del ataque de los reyes de Asiria. Dejan de comportarse con la misma maldad de sus antepasados. ¡Ya es tiempo de que vuelvan a obedecer a Dios!

Vuelvan a hacer un pacto con el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob; vengan al templo que él mismo eligió para vivir allí por siempre, y adórenlo.
Si lo hacen, Dios dejará de estar enojado con ustedes, y volverá a aceptarlos. No sean tercos como sus antepasados, que por ser infieles a Dios fueron castigados con la derrota ante sus enemigos. Ustedes saben que digo la verdad.

Si ustedes vuelven a obedecer a Dios, él hará que sus enemigos dejen en libertad a los israelitas que fueron llevados prisioneros. Nuestro Dios es bueno y muy amoroso; si lo buscan no los rechazará.
Al oír este mensaje, la mayoría de la gente se reía y se burlaba de los mensajeros, aunque hubo algunos de las tribus de Aser, Manasés y Zabulón que se arrepintieron y fueron a Jerusalén. Además, Dios hizo que la gente de Judá sintiera el deseo de obedecer la orden que Dios mismo les había dado por medio del rey y de los principales jefes.

Así fue como, en el mes de Ziv, se reunió en Jerusalén una gran cantidad de israelitas para celebrar la fiesta de los panes sin levadura. Lo primero que hicieron fue quitar todos los altares, y los lugares para quemar incienso a los falsos dioses que adoraban en Jerusalén, y tirarlos en el arroyo Cedrón.
El día catorce del mes de Ziv  empezó la celebración de la Pascua. Como muchos no habían cumplido con la ceremonia de preparación, no pudieron matar el cordero de la Pascua y dedicárselo a Dios. Por eso, los ayudantes de los sacerdotes tuvieron que hacerlo en representación de toda esa gente.

Muchos de los sacerdotes y sus ayudantes se sintieron avergonzados por no haberse preparado para la Pascua, y entonces fueron y lo hicieron de inmediato, y presentaron en el templo de Dios las ofrendas indicadas. Luego de esto pudieron hacer su trabajo, siguiendo las instrucciones de la ley de Moisés. Los ayudantes de los sacerdotes sacrificaban los corderos, les pasaban la sangre a los sacerdotes, y estos la derramaban sobre el altar.

Muchos de los que pertenecían a las tribus de Efraín, de Manasés, de Isacar y de Zabulón no se habían preparado para la Pascua, pero de todos modos participaron de la comida de la fiesta. Entonces Ezequías le pidió a Dios que los perdonara. Le dijo: Dios, tú eres bueno, y por eso te pido que perdones a todos estos, que no han cumplido con la ceremonia de preparación; ellos han venido a adorarte con toda sinceridad, porque saben que tú eres el Dios de sus antepasados.

Dios escuchó la oración de Ezequías y perdonó a esa gente. Y por siete días, en un ambiente de mucha alegría, todos en Jerusalén celebraron la fiesta de los panes sin levadura. Cada día participaban de la comida, presentaban ofrendas para pedir el perdón de sus pecados, y le daban gracias a Dios. Por su parte, los sacerdotes y sus ayudantes alababan a Dios acompañados por sus instrumentos musicales.

Al ver esto, Ezequías felicitó a todos los ayudantes de los sacerdotes por la manera en que habían adorado a Dios. Y a toda la gente que se había reunido, Ezequías le regaló mil toros y siete mil ovejas, lo mismo hicieron los principales jefes; le regalaron al pueblo mil toros y diez mil ovejas.
Muchísimos sacerdotes hicieron la ceremonia de preparación para servir a Dios. Era tanta la alegría de todos los que se habían reunido, que decidieron seguir celebrando la fiesta otros siete días. Todos estaban llenos de felicidad: la gente de Judá, los sacerdotes, sus ayudantes, la gente de Israel, y los extranjeros que venían del territorio de Israel y de Judá.

Desde los días del rey Salomón hijo de David, no se había celebrado en Jerusalén una fiesta tan llena de alegría. Los sacerdotes y sus ayudantes se pusieron de pie, y le pidieron a Dios que bendijera a su pueblo. Dios escuchó su petición desde su casa en el cielo, y bendijo al pueblo.

Aquí puedes darte cuenta que es importante que el hombre que acepta a Nuestro Señor Jesucristo  en su vida, debe ser obediente de forma fehaciente a Dios, y sobre todo adorar a Dios con sinceridad.

No obstante, es necesario que el hombre aprenda a ser humilde y reconozca el poder de Dios y se mantenga con una actitud dispuesta a obedecer a Dios, que no se olvide de estar atento en cumplir las leyes que Dios ha determinado para todo aquel que ama a Dios pues la desobediencia Dios la castiga.
Asimismo, es esencial que el hombre se mantenga firme en lo que cree y obedezca los mandatos de Dios, completamente, no a medias, sino con la firmeza de obedecerlos cabalmente.

Ahora bien, cuando el hombre cae en soberbia cae en rebelión, pues se enorgullece tanto de sí mismo y se aparta de Dios y entonces el hombre hace planes para sus logros personales y vuelve a ser derrotado en todo plan que se propone alcanzar pues El hombre que vive bajo sus propias fuerzas no puede vencer los obstáculos pues esta rebelión va contra la verdad, por la que nuestro Señor Jesucristo sufrió y redimió al hombre, y esta ultranza del hombre engreído, termina en su autodestrucción.

Así pues, es de prioridad que el hombre cambie su manera de vivir, que sea humilde y se arrepienta, que esté dispuesto a abrir las puertas de su corazón a Dios, que el hombre renueve su mente y sea consciente y haga un compromiso de  cambio verdadero.

Por tanto, el tiempo apremia y es ¡urgente! que el hombre se levante y que se vuelva a Dios, que cumpla los mandatos que Dios ha establecido para que el hombre ordene su vida, que deje de tener tantas cargas y afanes que no agradan a Dios y que no le permiten avanzar en su crecimiento espiritual, pero sabes, es importante que el hombre se bautice y que sea consciente de su nueva condición, que ha sido purificado de sus pecados y que de ahora en adelante, el hombre está preparado para que en su ser interior habite el Espíritu de Dios.

Así, el hombre que se mantiene fiel a Dios, lo alaba con música, lo honra con su conducta y le muestra honra y gratitud, y Dios reina por siempre en ese hombre renovado pues Dios es bueno y muy amoroso y Dios nunca lo rechazará.


Con Alta Estima,

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Y con tu sangre rescataste para Dios, a gente de toda raza



En la mano derecha del que estaba sentado en el trono vi un libro enrollado. Las hojas del libro estaban escritas por ambos lados, y el libro estaba cerrado con siete sellos. Luego vi a un ángel poderoso que preguntaba con fuerte voz: ¿Quién tiene la autoridad de romper los sellos y de abrir el rollo?

Y no había nadie en todo el universo que pudiera abrir el rollo ni mirar su contenido. Yo me puse a llorar mucho, porque no había quien pudiera hacerlo. Pero uno de los ancianos me dijo: No llores más, que ha salido vencedor el heredero del trono de David, a quien se le llama el León de Judá. Sólo él tiene la autoridad de romper los siete sellos y de abrir el rollo.

Entonces vi un Cordero cerca del trono. En el cuerpo llevaba las marcas de haber sido sacrificado. Estaba de pie, rodeado por los cuatro seres vivientes y por los veinticuatro ancianos. Tenía siete cuernos, y también siete ojos. Estos son los siete espíritus de Dios, que han sido enviados para visitar toda la tierra. El Cordero fue y tomó el libro enrollado que tenía en la mano derecha el que estaba sentado en el trono. Apenas hizo esto, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se arrodillaron delante de él. Cada uno tenía un arpa, y llevaba una copa llena de incienso que representaba las oraciones del pueblo de Dios. Y todos ellos cantaban esta nueva canción:

Sólo tú mereces tomar el libro
Y romper sus sellos.
Porque fuiste sacrificado,
Y con tu sangre
Rescataste para Dios,
A gente de toda raza
Idioma, pueblo y nación.
Los hiciste reyes
Y sacerdotes para nuestro Dios;
Ellos gobernarán la tierra.

Luego oí el murmullo de muchos ángeles. Eran millones y millones de ángeles que rodeaban el trono, a los cuatros seres vivientes y a los veinticuatro ancianos. Y decían con fuerte voz:

El Cordero que fue sacrificado,
Merece recibir el poder y la riqueza,
La sabiduría y la fuerza,
El honor y la alabanza.

Y también oí decir a todos los seres del universo:

¡Que todos alaben
Al que está sentado en el trono,
Y también al Cordero!
Que lo llamen maravilloso,
Y por siempre admiren su poder.

Los cuatro seres vivientes decían: ¡Así sea!, y los veinticuatro ancianos se arrodillaron y adoraron al que está sentado en el trono, y al Cordero.

Aquí puedes darte cuenta que el libro que contenía el mensaje de Dios, sólo podía quitar los sellos Nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, quien es el Cordero,  el único digno y santo quien en su cuerpo llevaba las marcas de haber sufrido en la cruz y quien está sentado en el trono de Dios.

Asimismo, el hombre regenerado debe mostrar gratitud a Dios y a nuestro Señor Jesucristo, quien vino al mundo para rescatar a la gente de todas las razas, lo esencial es  que el hombre crea en El y lo reciba con humildad en su corazón, y cambie su manera de vivir, y por ende, con su conducta honre a Dios.

Sabes, el hombre que ha decidido alabar a Dios, que comprende que el Cordero, el Hijo de Dios recibe poder y riqueza, sabiduría y fuerza, y que el hombre sólo a través de El puede acercarse a Dios, es importante que obedezca su Palabra y entonces puede tener comunión con El pero debe mostrar su amor a Dios, su gratitud en sus oraciones y recibirá respuesta pues el Cordero es maravilloso y poderoso, pues es el Hijo de Dios.


Con Alta Estima,

sábado, 5 de septiembre de 2015

Señor y Dios nuestro; tú mereces que te alaben, que te llamen maravilloso, y que admiren tu poder.



Después de esto, vi una puerta abierta en el cielo. Entonces la voz que había escuchado al principio, y que resonaba tan fuerte como una trompeta, me dijo: ¡Acuérdate!, voy a enseñarte lo que está por suceder.

En ese mismo instante quedé bajo el poder del Espíritu Santo, y vi un trono en el cielo. Sobre el trono estaba sentado alguien, que brillaba como un diamante o como un rubí. Alrededor del trono, un arco iris brillaba como una esmeralda. Había también otros veinticuatro tronos, los cuales formaban un círculo, y en ellos estaban sentados veinticuatro ancianos. Esos ancianos estaban vestidos con ropas blancas, y tenían una corona de oro en la cabeza. Del trono salían ruidos, truenos y relámpagos, y delante del trono ardían siete antorchas, que son los siete espíritus de Dios. Delante del trono había también algo que era transparente como el cristal, y que parecía un mar.

En el centro del círculo, alrededor del trono, había cuatro seres vivientes que tenían ojos en todo el cuerpo, por delante y por detrás. El primero de ellos parecía un león; el segundo parecía un toro; el tercero parecía un ser humano, y el cuarto parecía un águila en pleno vuelo. Cada  uno de estos seres vivientes tenía seis alas, y ojos por todos lados, y no dejaban de cantar de día y de noche: ¡Santo, santo, santo es el Señor, Dios todopoderoso, que siempre ha vivido, que vive, y pronto vendrá!

Estos cuatro seres vivientes cantan y dan gracias al que está sentado en el trono y vive para siempre. En sus cantos dicen lo maravilloso, poderoso y digno que es él de recibir honores. Cada vez que hacen esto, los veinticuatro ancianos se arrodillan delante de él, lo adoran y, arrojando sus coronas delante del trono, cantan: Señor y Dios nuestro; tú mereces que te alaben, que te llamen maravilloso, y que admiren tu poder.

Porque tú creaste todo lo que existe; gracias a ti, todo fue creado.

Aquí puedes darte cuenta que la tercera puerta abierta en el cielo, es la de la revelación, como dice el apóstol Juan, vi una puerta abierta en el cielo y es la puerta de acceso a Dios, por medio de  su Hijo Jesucristo, por eso el hombre debe confiar en El y que sea obediente a sus enseñanzas.

Ahora bien, es urgente que el hombre cambie su manera de vivir, que se aparte del pecado pues lo esencial es que el hombre agrade a Dios con su conducta, que con su vida honre a Dios, que confíe en su gran amor pues El mira la actitud de nuestro corazón.

No obstante, es necesario que el hombre regenerado entienda que el hombre que busca a Dios, Dios envía la visión a sí mismo y que conozca su verdad, es decir, cuando el hombre busca la sabiduría de Dios, cuando  busca las cosas de arriba, el Espíritu de Dios desciende a su ser interior; por eso el hombre debe estar atento a la voz audible de Dios, consciente de lo que haga pues no se sabe el día en que Jesús volverá, en que los cielos se abrirán para ver el poder de Dios, la gloria de Dios, la cual llenará de gozo, alabanzas a los que hayan amado a nuestro Señor Jesucristo.

Por tanto, el hombre debe mostrar gratitud a nuestro Dios maravilloso, creador de todo lo que existe y mantenerse fiel y seguir creyendo en nuestro Señor Jesús, el Hijo de Dios, quien murió y resucitó para perdonar el pecado del hombre y darle libertad y, por ende una nueva vida.

Así pues, es necesario  que el hombre se esfuerce y crezca espiritualmente y entonces Dios le capacita al hombre, en sus sentidos, pero debe estar atento y preparado  para que reciba revelación de Dios.


Con Alta Estima,

viernes, 4 de septiembre de 2015

Acuérdate de todo lo que has aprendido acerca de Dios, y vuelve a obedecerlo.


Escribe al ángel de la iglesia de Sardes: Yo tengo los siete espíritus de Dios y las siete estrellas. Escucha lo que te voy a decir: Estoy enterado de todo lo que haces, y sé que tienen fama de obedecerme fielmente. Pero la verdad es que no me obedeces. Así que levántate y esfuérzate por mejorar las cosas que aún haces bien, pero que estás a punto de no seguir haciendo, pues he visto que no obedeces a mi Dios. Acuérdate de todo lo que has aprendido acerca de Dios, y vuelve a obedecerlo. Arrepiéntete. Si no lo haces, iré a castigarte cuando menos lo esperes; llegaré a ti como el ladrón que nunca sabes cuándo llegará a robar.

Sin embargo, en Sardes hay algunas personas que no han hecho lo malo. Por eso, andarán conmigo vestidos con ropas blancas, y no borraré sus nombres del libro de la vida. Y los reconoceré delante de mi Padre y de los ángeles que le sirven.

Si alguien tiene oídos, que ponga atención a lo que el Espíritu de Dios dice a las iglesias.

Escribe al ángel de la iglesia de Filadelfia: Yo soy el verdadero Hijo de Dios. Yo gobierno sobre el reino de David. Cuando abro una puerta, nadie puede volver a cerrarla; y cuando la cierro, nadie puede volver a abrirla. Ahora escucha lo que te voy a decir: Estoy enterado de todo lo que haces, y sé que, a pesar de que tienes poco poder, me has obedecido en todo y nunca has negado conocerme. Por eso, pon atención: Voy a darte la oportunidad de servirme, y nadie te lo podrá impedir. Yo te he abierto la puerta, y nadie podrá cerrarla. Ya verás lo que haré con esos mentirosos que pertenecen a Satanás. Dicen que son judíos, pero en realidad no lo son. Haré que se arrodillen delante de ti, para que vean cuánto te amo.

Todos en el mundo tendrán dificultades y sufrimientos. Pero a ti te protegeré, porque tú me obedeciste cuando te ordené que no dejaras de confiar en mí, y así nadie se quitará tu premio.

A los que triunfen sobre las dificultades y mantengan su confianza en mí, les daré un lugar importante en el templo de mi Dios, y nunca tendrán que salir de allí. En ellos escribiré el nombre de mi Dios y el de la ciudad celestial, que es la Nueva Jerusalén que vendrá. También escribiré en ellos mi nuevo nombre.

Si alguien tiene oídos, que ponga atención a lo que el Espíritu de Dios les dice a las iglesias.

Escribe al ángel de la iglesia de Laodicea: ¡Yo soy el Amén! Y me llamo así porque enseño la verdad acerca de Dios y nunca miento. Por medio de mí, Dios creó todas las cosas. Escucha bien lo que te voy a decir: Estoy enterado de todo lo que haces, y sé que no me obedeces del todo, sino sólo un poco. ¡Sería mejor que me obedecieras completamente, o que de plano no me obedecieras! Pero como sólo me obedeces un poco, te rechazaré por completo. Pues tú dices que eres rico, que te ha ido muy bien y que no necesitas de nada. Pero no te das cuenta de que eres un pobre ciego, desdichado y miserable, y que estás desnudo. Por eso te aconsejo que compres de mí lo que de verdad te hará rico. Porque lo que yo doy es de mucho valor, como el oro que se refina en el fuego. Si no quieres pasar la vergüenza de estar desnudo, acepta la ropa blanca que yo te doy, para que cubras con ella, y las gotas medicinales para tus ojos. Sólo así podrás ver.

Yo reprendo y corrijo a los que amo. Por eso, vuélvete a Dios y obedécelo completamente.
Yo estoy a tu puerta, y llamó,
Si oyes mi voz y me abres,
Entraré en tu casa
Y cenaré contigo.

Los que triunfen sobre las dificultades y mantengan su confianza en mí reinarán conmigo, así como yo he triunfado y ahora reino con mi Padre.

Si tienes oídos, pon atención a lo que el Espíritu de Dios les dice a las iglesias.

Aquí puedes darte cuenta que el hombre regenerado  se debe esforzar y levantarse, que obedezca a Dios y haga el bien pues Dios reconocerá a aquella persona que no hace lo malo y Dios le vestirá con ropas blancas, pues su corazón ha sido purificado.

Por tanto, el hombre que reconoce a nuestro Señor Jesucristo como el verdadero Hijo de Dios, debe ser consciente de que debe obedecer a Dios y  hacer lo bueno y así el hombre al volverse a Dios, practicará lo que ha aprendido de Dios, tendrá acceso a tener comunión con El y por ende, tiene la oportunidad de servir a Dios.

No obstante, lo prioritario es que el hombre sea sincero y  que completamente obedezca los mandatos de nuestro Señor Jesucristo, y  el hombre adquirirá sabiduría pues sus enseñanzas son la verdad y su vida será llena de riquezas, y entonces al hombre se le abrirán los ojos espirituales y Dios le vestirá de ropa blanca para cubrir su desnudez y sólo así al hombre le será quitado el velo que le impide ver.

Asimismo, el hombre que se vuelve a Dios, debe saber que sólo nuestro Señor Jesucristo reprende y corrige al hombre, pero Dios le da  libre albedrío, discernimiento para escoger lo correcto e incorrecto y entonces el hombre decide por su propia voluntad si obedece a Dios.

Así nuestro Señor Jesucristo muestra su inmenso amor:  El toca a cada puerta, a cada corazón y llama, si el hombre oye su voz y le abre, si le acepta, El entrará a su corazón y tendrá comunión con él, cenará con El, pero es esencial que el hombre sea obediente y mantenga su confianza en Dios.


Con Alta Estima,

Les doy esta única orden; que sigan creyendo firmemente en mí hasta que yo vuelva.



Escribe al ángel de la iglesia de Efeso: Yo sostengo las siete estrellas en mí mano derecha, y camino entre los siete candelabros de oro. Pon atención a lo que te voy a decir: Estoy enterado de todo lo que haces, y sé que por obedecerme has tenido muchas dificultades. También sé que las has soportado con mucha paciencia, y que rechazas a los malvados. Has puesto a prueba a los que no son apóstoles pero dicen serlo, y has demostrado que son unos mentirosos. Has sido paciente, y por obedecerme has sufrido mucho. Pero aun así no te has cansado de obedecerme.

Sin embargo, hay algo que no me gusta de ti, y es que ya no me amas tanto como me amabas cuando te hiciste cristiano. Por eso, acuérdate de cómo eras antes, y vuelve a obedecer a Dios. Deja de hacer lo malo y compórtate como al principio. Si no lo haces, yo iré a  castigarte y quitaré tu candelabro de su lugar.

Lo que me gusta de ti es que, lo mismo que yo, odias lo que hacen los nicolaitas. Si alguien tiene oídos, que ponga atención a lo que el Espíritu de Dios les dice a las iglesias. A los que triunfen sobre las dificultades y no dejen de confiar en mí, les daré a comer el fruto del árbol que da vida. Ese árbol crece en el hermoso jardín de Dios.

Escribe al ángel de la iglesia de Esmirna: Yo soy el primero y el último. ¡Había muerto, pero he resucitado! Escucha bien lo que te voy a decir: Yo conozco las dificultades por las que ahora pasas, y sé que eres pobre, aunque espiritualmente eres muy rico. También sé lo mal que hablan de ti los que se consideran judíos, pero que en realidad son un grupo que pertenece a Satanás.

No tengas miedo de lo que vas a sufrir. El diablo meterá a algunos de ustedes en la cárcel, para ver si en verdad confían en mí.  Durante algún tiempo, ustedes tendrán muchas dificultades; pero si confían en mí hasta la muerte, yo les daré como premio la vida eterna.

Si alguien tiene oídos, que ponga atención a lo que el Espíritu de Dios les dice a las iglesias. Los que triunfan sobre las dificultades y sigan confiando en mí, jamás serán separados de Dios.

Escribe al ángel de la iglesia de Pérgamo: Yo tengo la espada delgada y de doble filo. Escucha lo que te voy a decir: Yo sé que tú vives en la ciudad donde Satanás tiene su trono, pero también sé que, a pesar de eso, sigues confiando en mí. En esa ciudad mataron a Antipas, quien siempre me sirvió con fidelidad, ¡y ni siquiera entonces dejaste de confiar en mí!

Sin embargo, hay algo que no me gusta de ti, y es que no has rechazado a los que siguen el mal ejemplo de Balaam. El le aconsejó a Balac que hiciera pecar a los israelitas, y además los animó a adorar a dioses falsos y a comer de lo que se les había ofrecido.

Tampoco has rechazado a los que siguen las enseñanzas de los nicolaitas. Por eso, vuelve a obedecerme, porque si no lo haces, vendré pronto y, con el poder de mi palabra, te castigaré a ti, a los nicolaitas y a sus seguidores.

Si alguien tiene oídos, que ponga atención a lo que el Espíritu de Dios les dice a las iglesias. A los que triunfen sobre las dificultades y sigan confiando en mí, les daré a comer del maná escondido y les entregaré una piedra blanca. Sobre esa piedra está escrito un nuevo nombre, que nadie conoce. Solamente lo conocerán los que reciban la piedra.

Escribe al ángel de la iglesia de Tiatira: ¡Yo soy el Hijo de Dios! Mis ojos parecen llamas de fuego, y mis pies brillan como el bronce bien pulido. Escucha lo que voy a decir: Estoy enterado de todo lo que haces. Sé muy bien que me amas y que no has dejado de confiar en mí; también sé que has servido a los demás, y que ahora los estás ayudando mucho más que el principio.

Pero hay algo que no me gusta de ti, y es que has dejado que Jezabel siga engañando a mis servidores. Esa mujer anda diciendo que yo la envié, y les ha dicho a mis servidores que pueden comer de lo que se ofrece a dioses falsos, y los anima a serme infieles. Yo le he dado tiempo para que vuelva a obedecerme, pero no ha querido hacerlo, ni ha dejado de creer en dioses falsos.

Yo voy a hacer que esa mujer se enferme gravemente, y que se mueran los que obedecen sus enseñanzas y siguen creyendo en dioses falsos. Pero si ellos se arrepienten y vuelven a obedecerme, no les haré ningún daño.

Así, todas las iglesias sabrán que yo conozco los pensamientos y deseos de todos, y que a cada uno le daré el castigo que merecen sus malas acciones. Pero a los que están en Tiatira, los cuales no siguen las enseñanzas de esa mujer, ni han llegado a conocer lo que algunos llaman los secretos profundos de Satanás, les doy esta única orden; que sigan creyendo firmemente en mí hasta que yo vuelva.

A los que triunfen sobre las dificultades y no dejen de confiar en mí, les daré como señal de victoria la estrella de la mañana. Y si me obedecen siempre, les daré poder sobre los países del mundo, así como mi Padre me dio ese poder a mí. Gobernarán a esos países, y los tratarán con dureza; ¡los harán pedazos, como si fueran ollas de barro!

Si alguien tiene oídos, que ponga atención a lo que el Espíritu de Dios les dice a las iglesias.

Aquí puedes darte cuenta que lo más importante para Dios es que el hombre obedezca sus mandatos y siga confiando en El.

No obstante, lo esencial es que el hombre regenerado se mantenga fiel a las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo, que se aparte del pecado y  que el hombre con su conducta honre a Dios, que haga el bien y  esté dispuesto a amar siempre a Dios como cuando el hombre lo aceptó por primera vez, con sinceridad y un corazón humilde y arrepentido.

Así pues, el hombre regenerado y obediente tiene el Espíritu de Dios en su ser interior, y le ayuda al hombre a triunfar sobre las dificultades pues Dios conoce sus necesidades, y Dios le dará de comer el maná del cielo, pero Dios  desea que el hombre entienda que es espiritualmente rico al buscar a Dios y empaparse del conocimiento de nuestro Señor Jesucristo y El  le dará al hombre un nombre nuevo y una vida llena de pureza, justicia, nobleza, alegría y llena de victorias.

Ahora bien, el hombre regenerado debe tener fe y por ende la seguridad de  que al obedecer la Palabra de Dios y cambiar su manera de vivir, El Señor Jesús recompensará al hombre con la vida eterna y nunca será separado de Dios.

Así pues, es tiempo que el hombre esté atento, y de prioridad, que se vuelva a Dios, que se aparte de la idolatría, de tantos afanes del mundo pues es esencial que el hombre cambie su manera de vivir, limpie su mente y su corazón, y al ser renovado en su ser interior, el Espíritu de Dios le dará fuerza para permanecer firme en sus convicciones, crea en nuestro Señor Jesucristo y que el hombre alcance la victoria, el fruto del árbol de la vida, que es la bendición de Dios.


Con Alta Estima,

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Respeten siempre a Dios y recuerden que El no acepta las injusticias


Por el contrario, Josafat, el rey de Judá, regresó sano y salvo a su palacio en Jerusalén. Entonces el profeta Jehú hijo de Hananí, salió a recibirlo y le reclamó: ¿Por qué ayudaste a un malvado, y te hiciste amigo de gente que odia a Dios? Dios está muy enojado contigo. Sin embargo, a Dios le agrada que hayas destruido en todo el país las imágenes de Astarté, y que lo ames con sinceridad.
Aunque Josafat vivía en Jerusalén, recorría todo su territorio visitando cada una de sus ciudades; hablaba con la gente y hacía que se arrepintiera y adorara al Dios de sus antepasados. Al mismo tiempo, iba nombrando jueces en todas las ciudades de Judá, las cuales había convertido en fortalezas. A estos jueces les decía:  Ustedes serán los representantes de la justicia de Dios, no de la justicia humana. Por eso deben ser muy cuidadosos al cumplir con su deber. Respeten siempre a Dios, y recuerden que él no acepta las injusticias; él no verá bien que ustedes favorezcan más a una persona que a otra, o que le den la razón a alguien a cambio de dinero. Dios los ayudará a ser justos en todo lo que hagan.

En la ciudad de Jerusalén, Josafat eligió a algunos de los sacerdotes y de sus ayudantes, así como a algunos jefes de familia de Israel, para que sirvieran como jueces y resolvieran los problemas que tuviera la gente. A ellos les dio las siguientes instrucciones: Para que ustedes cumplan con su trabajo como Dios manda, es necesario que siempre obedezcan a Dios, y hagan su trabajo con honestidad.
Ustedes deben enseñarles a sus compatriotas a obedecer todo lo que Dios ha ordenado, ya sea que se trate de un asesinato, o de cualquier otro tipo de problemas. Díganlo a la gente que no ofenda a Dios, para que él no los castigue. Sigan ustedes mi consejo, y no tendrán de qué arrepentirse.
Como jefe de ustedes he puesto a Amarías, el jefe de los sacerdotes; él los guiará en todos los asuntos que tengan que ver con Dios. Zebadías, hijo de Ismael y jefe de la tribu de Judá, los ayudará a resolver los asuntos que tengan que ver con el bienestar del reino. Los ayudantes de los sacerdotes los ayudarán en lo que ustedes pidan. ¡Dios los ayudará a hacer el bien! ¡Sean valientes, y manos a la obra!

Después de esto, los moabitas, los amonitas, y parte de los meunitas, se unieron para atacar a Josafat. Los mensajeros de Josafat le dieron aviso, diciéndole: ¡Un ejército muy numeroso viene a atacarte! Partió de Edom, del otro lado del Mar Muerto, y ya está muy cerca, en la ciudad de En-gadi.
Josafat, lleno de miedo, buscó la ayuda de Dios, y para mostrar su angustia le pidió a todo su pueblo que no comiera. De todas las ciudades de Judá llegó gente a Jerusalén para pedir la ayuda de Dios. Al ver la multitud, Josafat se puso de pie, frente al patio nuevo que está en la entrada del templo de Dios, y oró así:  Dios de nuestros antepasados, ¡tú estás en los cielos, y dominas a todas las naciones de la tierra! ¡La fuerza y el poder te pertenecen! ¡Nadie puede vencerte! Dios nuestro, tú expulsaste a los pueblos que antes vivían en este territorio, y nos lo diste a nosotros, que somos descendientes de tu amigo Abraham.

Este ha sido nuestro país, y en él edificamos un templo para honrarte; allí hicimos esta oración: Si en alguna ocasión nos castigas con toda clase de males, y en medio de nuestras angustias venimos a buscarte a este templo, escúchanos y ayúdanos.

Cuando nuestros antepasados salieron de Egipto, tú no les permitiste entrar al territorio de Amón, Moab y Seír, sino que les mandaste que fueran por otro camino. Así evitaste que ellos destruyeran a esos pueblos. Pero ahora los ejércitos de esa gente nos están atacando, y nos quieren echar del territorio que tú nos diste.

Dios nuestro, ¡castígalos! Nosotros no podemos hacerle frente a un ejército tan grande. ¡Ni siquiera sabemos qué hacer! Por eso nos dirigimos a ti en busca de ayuda.
Todo el pueblo de Judá, hombres, mujeres y niños, estaba de pie en el templo de Dios. Allí también se encontraba uno de los ayudantes de los sacerdotes, llamado Jahaziel hijo de Zacarías. Estos son los antepasados de Jahaziel: Asaf, Matanías, Jeiel, Benaías, Zacarías.
De pronto, el espíritu de Dios le dio este mensaje a Jahaziel, quien dijo: ¡Rey Josafat, y todos los que viven en Judá y en Jerusalén, escuchen bien esto! Dios dice que él peleará contra ese ejército tan numeroso, así que no se alarmen ni tengan miedo.

El día de mañana, ellos subirán por la cuesta de Sis; ustedes salgan a encontrarlos donde termina el río que está frente al desierto de Jeruel. Pero no los ataquen; más bien quédense quietos allí, y sean testigos de cómo Dios peleará contra ellos.
Entonces Josafat se puso de rodillas, hasta tocar el suelo con la frente, y todos los que estaban con él también se arrodillaron ante Dios y lo adoraron. Mientras tanto, los descendientes de Quehat y de Coré, de la tribu de Leví, se pusieron de pie, alzaron su voz y empezaron a cantar alabanzas a Dios.
Al día siguiente, se levantaron muy temprano y se prepararon para ir hacia el desierto de Tecoa. Cuando iban saliendo de Jerusalén, Josafat se puso de pie y les dijo: Escúchenme con atención, todos los que viven en Jerusalén y en Judá: Confíen en nuestro Dios y en sus profetas; si lo hacen, todo saldrá bien; ¡nada nos sucederá!

Luego Josafat se puso de acuerdo con el pueblo, y eligió a varios cantores para que marcharan al frente del ejército, y fueran cantando y alabando a Dios con el himno que dice: Den gracias a Dios, porque él nunca deja de amarnos. Los cantores marcharon, vestidos con sus trajes especiales, y en cuanto empezaron a cantar, Dios confundió a los enemigos de Judá. Fue tal la confusión, que los amonitas y los moabitas atacaron a los de Seír, hasta que acabaron con todos. Luego, los amonitas y los moabitas se pelearon entre ellos, y acabaron matándose unos a otros. Así fue como cayeron derrotados.

Cuando el ejército de Judá llegó hasta el punto desde el cual se ve el desierto, sólo vieron un montón de cadáveres regados por todos lados. ¡No quedó nadie con vida!
Entonces Josafat y su ejército fueron a apoderarse de las pertenencias de sus enemigos. Encontraron gran cantidad de alimentos, ropa y utensilios valiosos; era tanto lo que había, que pasaron tres días recogiéndolo todo, y ni aun así pudieron llevárselo.
Al cuarto día se reunieron en un valle para bendecir a Dios. Por eso, hasta el día en que se escribió esta historia, a ese lugar se le conoce como Valle de Bendición.

Y como Dios les había dado una gran alegría por la derrota de sus enemigos, todos los hombres de Judá y de Jerusalén regresaron muy felices a Jerusalén, bajo el mando de Josafat. Al llegar, se dirigieron al templo de Dios tocando arpas, instrumentos de cuerdas y trompetas.
Cuando los demás pueblos de la región se enteraron de que Dios mismo había peleado contra los enemigos de Israel, tuvieron mucho miedo y ya no se atrevieron a pelear contra Israel. Desde entonces, el reinado de Josafat gozó de mucha tranquilidad.
Josafat tenía treinta y cinco años de edad cuando fue nombrado rey, y reinó en Jerusalén veinticinco años. Su madre se llamaba Azubá, y era hija de Silhí.

Josafat se comportó siempre bien, y obedeció a Dios en todo, así como lo había hecho su padre Asá. Sin embargo, Josafat no destruyó los pequeños templos que había en las colinas, donde se adoraba a otros dioses, pues no todos amaban a Dios con sinceridad.

A pesar de que Ocozías, rey de Israel, era un hombre malvado, Josafat también se unió a él, y juntos construyeron barcos en el puerto de Esión-guéber, para enviarlos a Tarsis. Fue entonces cuando Eliézer hijo de Dodavahu, de la ciudad de Maresá, le dio a Josafat este mensaje de parte de Dios: A Dios no le agradó que te unieras a Ocozías, y por eso destruirá los barcos que has construido.
Y así sucedió; los barcos se hundieron y no pudieron partir hacia Tarsis. La historia de Josafat, de principio a fin, está escrita en <Las historias de Jehú hijo de Hananí>, que son parte del libro de la historia de los reyes de Israel.

Cuando Josafat murió, lo enterraron en la tumba de sus antepasados, que está en la Ciudad de David. Joram, su hijo, reinó en su lugar.
Josafat, rey de Judá, tuvo siete hijos: Joram, Azarías, Jehiel, Zacarías, Azarías, Micael, Sefatías.
Joram era el mayor de todos, y por eso le correspondía ser el rey. Al resto de sus hermanos su padre les dio como regalo mucho oro y plata, y objetos de gran valor. Además, los nombró gobernadores de varias ciudades fortificadas en Judá.

Sin embargo, cuando Joram tuvo control total del reino, se aseguró de que nadie se lo quitara, y mandó matar a todos sus hermanos y también a algunos de los líderes más importantes del país.
Joram tenía treinta y dos años cuando comenzó a reinar. La capital de su reino fue Jerusalén, y su reinado duró ocho años.

Joram desobedeció a Dios, al igual que los otros reyes de Israel, y en especial los de la familia de Ahab, porque se casó con la hija de Ahab. A pesar de eso, Dios no quiso destruir a Joram, pues le había prometido a David que su familia siempre reinaría.

Durante el reinado de Joram, el país de Edom se rebeló contra Judá. Los edomitas ya no querían seguir bajo el dominio de Judá, y por eso nombraron su propio rey; luego fueron y rodearon con su ejército a Joram y a su gente. Joram, por su parte, se levantó de noche, llamó a los jefes del ejército, preparó los carros de combate, y atacó a los de Edom. Pero Joram y su gente perdieron la batalla, y hasta el momento en que esto se escribió, Judá no pudo volver a dominar a los edomitas.

Y como Joram había dejado de obedecer y honrar a Dios, en esos días también la gente de Libná se rebeló contra Judá. Por si fuera poco, Joram construyó altares en las colinas de Judá, para que la gente de Jerusalén adorara a dioses falsos. Joram hizo que todo el pueblo de Judá se alejara de Dios.
El profeta Elías le envió a Joram una carta que decía: Nuestro Dios, a quien tu antepasado David adoró, te envía el siguiente mensaje: Me he dado cuenta de que, en lugar de seguir el buen ejemplo de tu padre Josafat, o el de Asá, rey de Judá, has seguido el mal ejemplo de los reyes de Israel. Te has comportado como Ahab; por tu culpa todos los habitantes de Judá y de Jerusalén aman a otros dioses. Y para colmo, ordenaste que mataran a tus hermanos, que eran mejores que tú.

Por eso, Dios castigará duramente a tu pueblo, a tus hijos y a tus mujeres; además, perderás todas las riquezas que has acumulado. Y a ti te vendrá una enfermedad tan grave, que sufrirás terribles dolores de estómago por el resto de tu vida, hasta que se te salgan los intestinos.
Y así sucedió. Dios hizo que los filisteos y los árabes, vecinos de los etíopes, odiaran a Joram, por lo cual se levantaron en guerra e invadieron Judá. Se apoderaron de todas las riquezas que el rey Joram tenía en su palacio, y también se llevaron como prisioneros a sus hijos y a sus mujeres. Solamente le dejaron a Joacaz, su hijo menor.

Después de esto, Dios castigó a Joram con una enfermedad en el estómago, que no tenía curación. Su sufrimiento duró dos largos años, y era tan grave su estado, que finalmente se le salieron los intestinos. Murió en medio de terribles dolores.

En su funeral, el pueblo no le hizo grandes honores, pues no encendieron en su memoria una gran hoguera, como lo habían hecho con reyes anteriores.
Joram tenía treinta y dos años cuando comenzó a reinar. La capital de su reino fue Jerusalén, y su reinado duró ocho años. Y aunque lo enterraron en la ciudad de David, nadie se lamentó por su muerte ni lo pusieron junto a las tumbas de los reyes.

Los que ayudaron a los árabes en su ataque contra Judá, mataron a todos los hijos de Joram, excepto al menor de ellos, que se llamaba Ocozías. Por esa razón, la gente de Jerusalén lo nombró rey. La madre de Ocozías se llamaba Atalía y era nieta de Omrí.
Ocozías tenía cuarenta y dos años de edad cuando comenzó a reinar en Judá. La capital de su reino fue Jerusalén, y su reinado duró sólo un año.

Tras la muerte de su padre, Ocozías siguió los consejos de su madre y de sus parientes, los descendientes de Ahab. Pero sus consejos llevaron a este rey al fracaso, pues Ocozías desobedeció a Dios. Por ejemplo, siguiendo los consejos de sus parientes, Ocozías se unió a Joram, el rey de Israel, para luchar en contra de Hazael rey de Siria. Pelearon en Ramot de Galaad, y durante la batalla Joram resultó herido, por lo que tuvo que regresar a Jezreel para que le curaran las heridas. Luego Ocozías fue a Jezreel a visitarlo.

Dios había decidido que Ocozías muriera durante aquella visita a Joram, y ya había elegido a Jehú hijo de Nimsí, para que matara a toda la familia de Ahab.
Y así sucedió; Jehú encontró a los jefes principales de Judá y a los ayudantes de Ocozías, que eran familiares de este, y los mató.

Ocozías había salido con Joram para encontrarse con Jehú, pero al enterarse de lo que Jehú había hecho, huyó y se escondió en Samaria. Sin embargo, los hombre de Jehú lo atraparon, lo llevaron preso ante Jehú, y lo mataron. Como Ocozías había sido nieto de Josafat, que había servido a Dios con toda sinceridad, decidieron enterrarlo.

Después de esto ya no hubo en la familia de Ocozías nadie que pudiera ser rey en Judá.
Cuando Atalía, la madre de Ocozías, se enteró de que su hijo había muerto, mandó matar a toda la familia del rey. Pero Joseba, que era hija del rey Joram, hermana de Ocozías y esposa del sacerdote Joiadá, tomó a Joás, que era uno de los hijos de Ocozías, y lo escondió con su niñera en el dormitorio. Así escapó Joás de la muerte, y durante seis años estuvo escondido con su niñera en el templo de Dios. Mientras tanto, Atalía reinaba en el país.
Al séptimo año, Joiadá se armó de valor y mandó llamar a estos capitanes del ejército:  Azarías hijo de Jeroham, Ismael hijo de Johanán, Azarías hijo de Obed, Maaseías hijo de Adafas, Elisafat hijo de Zicrí.

Ellos, a su vez, fueron por todo el territorio y las ciudades de Judá, y reunieron a los ayudantes de los sacerdotes y a los jefes de las familias de Israel, para que fueran con ellos a Jerusalén. Cuando llegaron, todos los que habían reunido hicieron un pacto con Joás en el templo de Dios. Joidá les dijo: ¡Miren, este es el hijo de Ocozías, nuestro antiguo rey! Como Dios le prometió a David que sus descendientes serían reyes, él es quien debe reinar ahora.

Por eso quiero que tres grupos de sacerdotes y sus ayudantes hagan guardia el sábado: Un grupo vigilará las entradas del templo, otro cuidará el palacio, y el otro vigilará la entrada de los cimientos. El resto de ustedes estará en los patios del templo de Dios.

Solamente los sacerdotes y sus ayudantes entrarán al templo, pues ellos se han preparado para hacerlo. Todos los demás vigilarán afuera, pues así lo ha ordenado Dios.
Los ayudantes de los sacerdotes serán guardaespaldas del rey Joás; cada uno deberá tener sus armas en la mano, listo para matar a cualquiera que trate de entrar en el palacio. Deben proteger al rey en todo momento y en cualquier lugar a donde él vaya.

Los ayudantes de los sacerdotes y toda la gente de Judá hicieron lo que les ordenó el sacerdote Joiadá. Y como él no dejó que volvieran a sus casas los que terminaban su turno, los capitanes tenían a su disposición a todos sus hombres, estuvieran o no de guardia el sábado. Luego el sacerdote les dio a los capitanes las lanzas y los escudos grandes y pequeños, que habían sido del rey David y que estaban en el templo.

Desde la parte sur hasta la parte norte del templo, y alrededor del altar, todo el ejército, armas en mano, protegía al rey.
Entonces Joiadá sacó a Joás, le puso la corona y le dio un documento con instrucciones para gobernar. Después, Joiadá y sus hijos derramaron aceite sobre su cabeza y así lo nombraron rey. Todos gritaron: ¡Viva el rey!

Cuando Atalía escuchó que la gente hacía mucho alboroto y aclamaba al rey, fue al templo. Allí vio a Joás de pie, junto a la columna de la entrada. A su lado estaban los capitanes y los músicos; la gente, llena de alegría, tocaba las trompetas, y los cantores, con sus instrumentos musicales, dirigían al pueblo, que también tocaba trompetas con gran alegría. Entonces Atalía rompió su ropa y gritó: ¡Traición! ¡Traición!

El sacerdote Joiadá les ordenó a los capitanes del ejército: ¡No la maten en el templo! ¡Mátenla afuera, y también a cualquiera que la defienda! Así que luego de tomarla presa, la sacaron por el portón del establo, la llevaron al palacio y allí la mataron.

Después Joiadá les pidió al rey y al pueblo que se apoyaran mutuamente. También les pidió que se mantuvieran fieles a Dios. Entonces todos fueron al templo de Baal y lo derribaron, y destruyeron los altares y los ídolos. En  cuanto el sacerdote de Baal, que se llamaba Matán, lo mataron frente a los altares.

Joiadá puso soldados bajo las órdenes de los sacerdotes y sus ayudantes, para que vigilaran el templo de Dios. Tiempo atrás, David había organizado a los sacerdotes y a sus ayudantes para que, siguiendo las instrucciones de Moisés, presentaran ofrendas en honor de Dios entre cantos de alegría.

Además, Joiadá puso vigilantes en las entradas del templo de Dios, para que sólo dejaran entrar a quien se hubiera preparado debidamente. Luego, reunió a los capitanes, a la gente importante, a los gobernadores y al resto del pueblo, y entre todos llevaron al rey desde el templo hasta el palacio, entrando por el portón superior. Allí lo sentaron sobre el trono, y todo el pueblo hizo fiesta.
Después de la muerte de Atalía, la ciudad vivió tranquila.

Joás tenía siete años cuando comenzó a gobernar. La capital de su reino fue Jerusalén, y su reinado duró cuarenta años. Su madre era de Beerseba, y se llamaba Sibiá. Mientras vivió el sacerdote Joiadía eligió para él, y tuvo muchos hijos e hijas.

Un día, Joás decidió reparar el templo de Dios, reunió a los sacerdotes y a los ayudantes de estos y les dijo: Es urgente que vayan por todas las ciudades de Judá y recojan las ofrendas que el pueblo debe dar cada año, para así reparar el templo. ¡Háganlo de inmediato!

Sin embargo, los ayudantes de los sacerdotes no le dieron importante a la orden del rey. Entonces Joás mandó llamar a Joiadá, jefe de los sacerdotes, y les reclamó.
¿Por qué nos has enviado a tus ayudantes a recorrer Judá y Jerusalén, para que recolecten la contribución que Moisés y los israelitas acordaron dar para el templo? Recuerda que los hijos de la malvada Atalía robaron muchas cosas del templo de Dios, y que hasta se llevaron nuestros utensilios para adorar a sus dioses falsos.

Entonces, el rey mandó hacer un cofre para que lo pusieran en la entrada del templo de Dios. Luego le anunció a toda la gente de Judá y Jerusalén que debían traerle a Dios la contribución que Moisés había ordenado cuando estaban en el desierto.

Al oír esto, todos los jefes del país, y el pueblo en general, se alegraron y llevaron sus ofrendas al cofre hasta llenarlo. Cada día, los ayudantes de los sacerdotes llevaban el cofre de los asistentes del rey. Cuando estos veían que había mucho dinero, le avisaban al secretario del rey y al asistente del jefe de los sacerdotes para que lo vaciaran. Luego, volvían a colocar el cofre a la entrada del templo, de esa manera, lograron juntar una gran cantidad de dinero.

El rey y Joiadá le daban el dinero a los encargados de las reparaciones del templo, y estos les pagaban a los albañiles y carpinteros, y a los que trabajaban el hierro y el bronce para reparar el templo de Dios. De esta manera, todos trabajaron, y la obra avanzó, hasta que repararon por completo el templo de Dios.

Cuando terminaron, le regresaron al rey y a Joiadá el dinero que había sobrado. Con él hicieron utensilios de oro y plata para usarlos en el culto del templo. Y así, mientras Joiadá vivió, se presentaron en el templo sacrificios en honor de Dios.

Pero Joiadá envejeció, y al llegar a los ciento treinta años de edad, murió. Y como le había servido bien al pueblo de Israel, a Dios y a su templo, lo sepultaron en la Ciudad de David, en el cementerio de los reyes.

Después de la muerte de Joiadá, los jefes de Judá fueron a rendirle homenaje al rey. Ellos empezaron a darle malos consejos, y muy pronto el rey y ellos se olvidaron del templo de Dios, y volvieron a adorar las imágenes de Astarté y otros dioses falsos. Esto hizo que Dios se enojara mucho contra Judá y Jerusalén.

Sin embargo, Dios les dio una oportunidad y les envió profetas. Ellos les advirtieron del mal que estaban haciendo, para que volvieran a obedecer a Dios. Pero nadie hizo caso.
Entonces el espíritu de Dios le dio un  mensaje a Zacaría, hijo del sacerdote Joiadá. El fue, se subió a una tarima, y le dijo al pueblo: Así dice Dios: ¡Ustedes se han buscado su propia ruina, por haber desobedecido mi ley! ¡Por haberme abandonado, ahora yo los abandono a ustedes!

El rey Joás se olvidó del amor que Joiadá siempre le tuvo, y cuando el pueblo quiso deshacerse de Zacaría, él mismo dio la orden de que lo mataran en el patio del templo de Dios.
Cuando Zacarías estaba a punto de morir, sijo: ¡Que Dios los castigue por hacerme esto!
Y así sucedió. Un año después, Dios castigó a Joás al permitir que una pequeña parte del ejército sirio derrotara a su gran ejército. Los sirios invadieron Judá y Jerusalén, mataron a todos los jefes del país, y después de robar las pertenencias del pueblo, las enviaron al rey de Siria. A Joás lo dejaron gravemente herido; y en cuanto los sirios se retiraron, sus ayudantes, Zabad el amonita y Jozabad el moabita, se vengaron del asesinato de Zacarías y mataron a Joás en su propia cama. Luego lo enterraron en la Ciudad de David, pero no en el cementerio de los reyes.

La historia de los hijos de Joás, las muchas profecías que se dijeron contra él, y la manera en que reparó el templo de Dios, están escritas en el Comentario del Libro de los reyes. Amasías, su hijo reinó en su lugar.

Aquí puedes darte cuenta que es esencial que el hombre busque a Dios y El ayudará al hombre a amar la justicia y hacer el bien  pues el Espíritu de Dios vive en cada persona que obedece todo lo que Dios ha ordenado.

Por tanto, el hombre regenerado y sincero pone su confianza en Dios y entonces todo lo que el hombre haga le saldrá bien, además de gozar de tranquilidad, pero es necesario que el hombre honre a Dios con su conducta y que alabe y de gracias a Dios en todo momento, que lo adore en espíritu y verdad para que el hombre esté en comunión con Dios.

Así pues, es fundamental que el hombre reconozca a Dios, se mantenga fiel a Dios, y respete sus mandamientos,  cuide su cuerpo pues es templo del Espíritu Santo, por lo que debe vivir apartado del pecado y entonces el Espíritu de Dios permanecerá en su ser interior.


Con Alta Estima,

martes, 1 de septiembre de 2015

¡Ya viene el día en que Dios cumplirá todo lo que se anuncia en este libro!


Dios le ha mostrado a Jesucristo lo que pronto sucederá, para que él se lo enseñe a sus servidores.  Por eso Jesucristo se lo ha comunicado a Juan, su servidor, por medio de un ángel; y Juan ha puesto por escrito toda la verdad.

¡Dios bendiga a quien lea en público este mensaje! ¡Y bendiga también a los que lo escuchen y lo obedezcan! ¡Ya viene el día en que Dios cumplirá todo lo que se anuncia en este libro!

Yo, Juan, saludo a las siete iglesias que están en la provincia de Asia. Dios es el que vive, el que siempre ha vivido, y el que está por venir. Deseo que Dios y Jesucristo, y los siete espíritus que están delante de su trono, los amen a ustedes y les den su paz. Podemos confiar en que Jesucristo nos ama y dice la verdad acerca de Dios. El fue el primero en resucitar, y es también el que gobierna sobre todos los reyes de la tierra.

Por medio de la muerte de Jesucristo, Dios nos ha perdonado nuestros pecados. Además, Cristo nos permite gobernar como reyes, y nos ha puesto como sacerdotes al servicio de Dios su Padre. Por eso, ¡alaben todos a Jesucristo, y que sólo él tenga todo el poder del mundo!. Amén.

¡Miren!
¡Cristo viene en las nubes!

Todos lo verán venir,
Aun los que lo mataron;
Y todos los habitantes del mundo
Llorarán por él.
Así sucederá. Amén.

El Señor todopoderoso, el que vive y siempre ha vivido, y que está por llegar dice: Yo soy el principio y el fin.

Yo, Juan, soy su hermano en Cristo, pues ustedes y yo confiamos en él. Y por confiar en él, pertenezco al reino de Dios, lo mismo que ustedes; tengo los mismos problemas y dificultades, pero también tengo la fuerza que Dios nos da para soportar esos sufrimientos. Por anunciar el mensaje de Dios y hablar de Jesucristo fui enviado a la isla de Patmos. Pero un domingo quedé bajo el poder del Espíritu Santo. Entonces escuché detrás de mí una voz muy fuerte, que sonaba como una trompeta. Esta voz me dijo: Escribe en un libro lo que ves, y envíalo a las siete iglesias de la provincia de Asia, es decir, a las iglesias de Efeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea.

Cuando me volví para ver quién me hablaba, vi siete candelabros vi a alguien que parecía ser Jesús, el Hijo del hombre. Vestía una ropa que le llegaba hasta los pies, y a la altura del pecho llevaba un cinturón de oro. Su cabello era tan blanco como la lana, y hasta parecía estar cubierto de nieve. Sus ojos parecían llamas de fuego, y sus pies brillaban como el bronce que se funde en el fuego y luego se pule. Su voz resonaba como enormes y estruendosas cataratas. En su mano derecha tenía siete estrellas, y de su boca salía una espada delgada y de doble filo. Su cara brillaba como el sol de mediodía.

Al verlo, caí a sus pies como muerto. Pero él puso su mano derecha sobre mí, y me dijo: No tengas miedo. Yo soy el primero y el último, y estoy vivo. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre, y tengo poder sobre la muerte.

Escribe  lo que has visto, tanto lo que ahora sucede como lo que sucederá después. Yo te explicaré el significado secreto de las siete estrellas que viste en su mano, y de los siete candelabros de oro. Las siete estrellas representan a los ángeles de las siete iglesias, y los siete candelabros representan a las siete iglesias.

Aquí puedes darte cuenta que es prioridad que el hombre cambie su manera de vivir, que busque a Dios, que cumpla sus mandamientos, y deje de ser permisivo en las cosas que haga y que sabe no son correctas pues no están de acuerdo al orden establecido por Dios; por eso el hombre regenerado, debe despertar de su ceguera espiritual ya que nuestro Señor Jesucristo quien nos ama tanto vino al mundo a morir para que Dios perdonara los pecados del hombre.

No obstante, nuestro Señor Jesucristo ha sido el primero en resucitar para que el hombre tenga una nueva vida y tenga su confianza en El, que recuerde que Dios lo ha elegido para ser sacerdote y que le sirva y anuncie el mensaje de Dios, que diga la verdad a otros y que el hombre enderece su camino pues el hombre se ha enfriado y se ha alejado de sus enseñanzas y esto no agrada a Dios pues no lucha contra el mal y entonces el maligno asecha a las iglesias pues la iglesia no confronta al hombre a que debe cambiar y renovar su mente y corazón, que tenga un arrepentimiento genuino y esté preparado  para que sus generaciones no sean contaminadas.

Así pues, es tiempo de que el hombre regenerado sea valiente, que recupere sus valores y principios morales y aunque tenga problemas y dificultades entienda que tiene el Espíritu de Dios en su ser interior que le da esa fuerza para soportar esos sufrimientos.

Así pues, el hombre obediente que teme a Dios pertenece al pueblo de Dios, y  sabe que esto es la verdad y se cumplirá, por eso el hombre regenerado tiene que ser luminaria en dondequiera que se encuentre, y que esa luz ilumine a los que se encuentran a su alrededor, esa luz no debe apagarse pues nuestro Señor Jesucristo tiene el poder sobre la muerte y El vive para siempre en cada uno de nosotros.


Con Alta Estima,